lunes, 13 de enero de 2014

martes, 31 de diciembre de 2013

Mi Wishlist FNAC 2014


Al final, siempre pasa lo que pasa, y me veo a 31 de diciembre actualizando deprisa y corriendo con una lista para el Wishlist que otro año más organiza la FNAC, y a la que llevo semanas dándole vueltas. Sin más ni más, aquí va mi lista:

MacBook Pro 13 pulgadas 2,4 GHz 256 GB con pantalla Retina (1529€)



Pack Érase una vez (1ª temporada) (31.99€)



Pack Érase una vez (2ª temporada) (36.99€)



Nintendo 3DS XL Edición Limitada The Legend of Zelda: A Link Between Worlds (233.49€)



Historia y crítica de la literatura española, vol. 1, 2, 3, 4, 7, 9 (todos los volúmenes - 177.45€)

Todo ello suma un TOTAL: 2008.92€

Esa es mi lista; y vosotros, si no sabéis qué regalar, consultad el Inspirador de regalos que la FNAC pone a vuestra disposición. No dudéis en hacer vuestra propia lista... ¡Tenéis hasta las 0:00 de hoy!

jueves, 20 de diciembre de 2012

"XVII" o "Poema del fin del mundo"

Si hoy se acaba el mundo, quiero que sepas que te quiero.
Que el final de esta noche será como el de todas las noches,
un sueño de neblinas y cantos de sirena en el que te conviertes,
me convierto, nos convertimos, en el atardecer de los tiempos.

Si hoy se acaba el mundo, volaré los párpados
y habitaré el cielo, flaqueando entre alas
de color mariposa y subyugando el hierro
con un lambetazo palpitante de arena,
de rabia, negra y púrpura, y de viento.

Si hoy se acaba el mundo, reiré,
y levantaré un hediondo trueno
de hojas amarillas, de espeso
humo de café negro, de turbias
rocas en verde encallecidas,
en pálida copa de grisáceo vino.

Si hoy se acaba el mundo,
nada más que nada acabará.
Tú seguirás existiendo,
inmortal al hambre
de los turbios espejos,
al latir del vacío
de nuestros ombligos.

Si hoy se acaba el mundo...

Si hoy se acaba...

Si hoy...

Si...

Sí.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Una fantasma

Yo sé quién soy...”, ese grito heroico, no ya solo en la noción de identidad, en la noción de saber quién uno es, sino en la convicción de ser capaz de ser quien uno quiera ser. Y no lo grito yo; lo grita Don Quijote de la Mancha, voz de autoridad por estas tierras, aun hechas sus palabras líquido y sus labios, papel. Pero podría haberlo dicho yo, o tú, o aquél, o cualquiera... Qué duda cabe entonces de que “la vida es literatura” es la continuación natural de “la literatura es vida”.
Al salir del teatro esta pasada noche, he decidido dar un paseo. La ciudad cambiaba su peso de un pie a otro pie mientras tarareaba distraída alguna melodía navideña, actitud más que propia en esta época del año... E, igual que la vida, la literatura palpitaba en cada lugar donde mis ojos se posaban. Ya antes de entrar me había parecido ver la sonrisa del viejo Cheshire acechándome desde una de las puertas, e incluso habría jurado que intercambiamos unas palabras cargadas de dobleces, pero he dejado de estar segura... ¿A quién le importaba Cheshire cuando dentro me esperaba el más valiente caballero que jamás conocieron las historias de la andante caballería? Los ágiles movimientos, las suaves palabras como hebras de pelo plateado y la voz volcánica... explosiva... ¡feroz!... ronroneante... cálida... viva e inmortal, me ficcionalizaron a su antojo, hicieron de mi vida una intrahistoria literaria que observaba, y se maravillaba, y se reía, y se compungía, y se emocionaba. ¿Podía pedir más? ¿Acaso sería posible alcanzar estos niveles de fusión cuando abandonara mi butaca y saliese a la nocturnidad de la calle? Como ya he dicho, sí lo era; todo palpitaba inflamado en literatura.
De un Maestro que con las golondrinas estará sobrevolando las tierras de España, del mundo, de todos los mundos,  he pasado a saludar a otro Maestro, a quien los dioses del Parnaso como el dios suyo habrán coronado, con tal emoción, que casi no podía llevar a buen término ningún otro pensamiento.
He oído a unos niños reírse en el Callejón del Gato, trasteando frente al espejo cóncavo, ignorantes los cuatro de cuán importantes son esos pedazos que les deformaban las caras. Nadie los miraba; solo yo. Tal vez, si acaso, Max Estrella y don Latino parados en una esquina.
He llegado a la calle arenosa con la nariz a punto de nieve, y frente a la parroquia de San Ginés, allá donde el polvo de una placa enamorada nos recuerda que sus aguas mojaron la inocente testa de nuestro poeta más malandrín, un perrazo callejero me ha mirado con la luna reflejada en sus pupilas, ha olisqueado los bajos de un árbol y ha continuado su camino.
Y todo esto en la más completa y absoluta soledad. Yo no veía a nadie mientras caminaba, o veía a todo el mundo, como si mirara a través de un aleph, y nadie me veía a mí. Todo era bullicio, vida, a mi alrededor, pero yo no participaba de ello... Solo observaba. Discurría por entre ríos de gente sin mojarme un ápice del abrigo, ensordecida por el bramar de la multitud, de sus conversaciones a medias, pero llevada de una inercia que me movía a seguir tolerando ese rumor agresivo, a entrar en comunión con él y escucharlo, o escuchar más allá, al menos.
No podría haber sido de otra manera... Nada de esto habría tenido sentido, o habría sido más que más de lo mismo si no me hubiera rodeado la soledad. He estado sola... Sola, como un fantasma. Todo para comprobar que literatura y vida son hermanas, viven la una en la otra y reafirman su ser siendo parte de algo que está vivo por ellas.

*   *   *

—¡Yo sé quién soy! —exclamó la Literatura.
¡Yo sé quién soy! —exclamó la Vida.

Y ambas se dieron la mano y echaron a caminar en esa gélida noche de diciembre, resumen de todas las demás noches, copia especular de dos espejos que se reflejan a sí mismos si se miran el uno al otro, cóncavos y convexos, espesos como la lágrima a través de la cual un enamorado trovador deforma el mundo que mira y que lo mira...

Vida y literatura,
literatura y vida.

martes, 4 de diciembre de 2012

"Martes Áureos". Así se llama esta nueva iniciativa creada para asegurarme de llevar a cabo la lectura de un corpus aceptable de obras del Teatro Español de los Siglos de Oro. Con dicho fin, he establecido una lista de lecturas, resultante del cotejo de distintas listas sugeridas y del consenso con mi amiga J. y con mi propia conciencia, y que abarca desde hoy, día 04 de diciembre, hasta el 22 de enero, en un total de ocho martes en los que deberé dar cuenta de hasta nueve obras dramáticas. Un proyecto nada desdeñable, como puede apreciarse...

A continuación daré comienzo a la lista, y cada martes la actualizaré añadiendo la siguiente obra a leer. El último martes realizaré la actualización final, apuntando mis conclusiones y confesando si he superado o no el reto en su totalidad. 

Wish me luck!

Martes 04 de diciembre del 2012

VICENTE, Gil: Tragicomedia de Don Duardos. 















Martes 11 de diciembre del 2012

ROJAS, Agustín de: El viaje entretenido















Martes 18 de diciembre del 2012 

CERVANTES, Miguel: Numancia













Martes 25 de diciembre del 2012

LOPE DE VEGA, Félix: Arte nuevo de hacer comedias | La dama boba














Martes 1 de enero del 2013

RUIZ DE ALARCÓN, Juan: La verdad sospechosa














Martes 8 de enero del 2013

CERVANTES, Miguel de: Entremeses


Martes 15 de enero del 2013

LOPE DE VEGA, Félix: El castigo sin venganza. 

Martes 22 de enero del 2013

MORETO, Agustín: El lindo don Diego. 


CONCLUSIÓN
Soy una mentirosa en potencia y en acto, lo sé, y me disculpo por ello. Pero sabed que he tenido una semana a.s.q.u.e.r.o.s.a. de exámenes que ha convertido en imposible mi propósito de concluir brevemente este apartado, y darlo así por finalizado. Voy a dejar de quejarme en este punto y a meterme en el meollo del asunto, que para eso he entrado al blog.

Montar el asunto de los Martes Áureos ha sido probablemente una de las mejores ideas que he tenido en este cuatrimestre. No sólo me ha servido para entrar en contacto directo con el teatro del Siglo de Oro, tan querido para mí, sino para poder decir que he disfrutado leyendo algo en un cuatrimestre donde uno se ahogaba entre tantas páginas. Ha sido un placer verdadero, en el que el mayor descubrimiento ha sido, sin duda alguna, la genialidad de Calderón. Sí, ya sé que no está en esta lista, pero también me he visto obligada (al principio, por las circunstancias; después por mi propio deseo) a leerlo este cuatrimestre. Tres obras: La vida es sueño, El alcalde de Zalamea y El gran teatro del mundo. Inmensas cada una en su estilo, denotando siempre el poder de una mente extraordinaria, son el reflejo de un todo que apabulla y seduce al que se atreve a acercarse. Por eso, Calderón ha pasado a ser para mí el símbolo del Barroco (y adoro a Lope y adoro a Cervantes, ¡ojo!).
De las obras elegidas propiamente para los Martes Áureos, me quedo con El castigo sin venganza, del siempre gigantesco Lope. Obra compleja que funciona como un mecanismo de relojería suizo, con un final que te deja temblando por lo brutal. ¿Cómo no elegirla con versos como estos?

Pues, señora, yo he llegado,
perdido a Dios el temor,
y al Duque, a tan triste estado,
que este mi imposible amor
me tiene desesperado.
En fin, señora, me veo
sin mí, sin vos y sin Dios:
sin Dios, por lo que os deseo;
sin mí, porque estoy sin vos;
sin vos, porque no os poseo.

En casos como éste, las demás palabras sobran.

D. Valmont

domingo, 25 de noviembre de 2012

XII

Aquel dulce bocado
entre tu cuello
y las alas de los caballos
me devolvió
una mirada de cuneta
cuando a buscarte
me acerqué a un charco,
y saboreé el barro,
y lloré gotas de miel
sobre los tálamos,
pues tú, lágrima de nube,
te habías evaporado.

Tragué el bocado,
giraste el cuello
y desaparecieron los caballos.


viernes, 17 de agosto de 2012

Un amanecer nublado tras la gran noche de los tiempos

Qué difícil resulta en ocasiones volver a encontrar un buen libro, ¿verdad? Sí, de esos que añoras cuando una mañana, por la casualidad o las prisas, no te acuerdas de meterlo en el bolso y te ves obligada a marchar en soledad por las largas vías del transporte público. Esos libros son realmente escasos... Por eso, cuando encuentras uno, no puedes sino maravillarte de tu suerte y tratar de disfrutar aun más si cabe de él.

Uno de esos libros ha sido para mí La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina. Una recomendación (y un señorito de la Casa del Libro) lo trajeron a mis manos, y desde ese momento clave en que lo abrí for the first time empecé a formar parte integral de una historia que ya me era atractiva antes de pasar la primera página...
Vale, estamos en un lugar entre los Estados Unidos y España algunos meses después del estallido de la guerra civil. Un hombre en una estación, que se gira, que busca, que recuerda... mientras toquetea las pocas posesiones que lleva en los bolsillos y sujeta con la mano en tensión una pequeña maleta desgastada. Y un vaivén constante, que tiene más de balanceo de barco que de traqueteo de tren, que nos lleva del presente al pasado y del pasado al presente de manera brusca pero natural, convirtiendo los recuerdos del protagonista en nuestros propios recuerdos, mostrándonoslos como aquel diario encontrado por casualidad en un desván lleno de polvo, que nos descubre unos acontecimientos que sólo habíamos podido imaginar, y que ahora, por arte de magia, se han hecho reales ante nuestros ojos.
Poder pasear por el Madrid de la República -aún más, por la Ciudad Universitaria naciente, que da sus primeros pasos para convertirse en un lugar... que no es por el que camino yo hoy-, cruzarme con grandes nombres que sólo la voz del narrador ha conseguido despegar de los manuales y darles vida plena, aunque por un instante, durante ese último año antes del desastre, ha sido... Bien, podríamos decir que ha creado una situación ventana: es decir, he sido presa de la sensación de que, mientras iba leyendo, se abría un espacio fuera del tiempo en el que esa realidad que fue era real de nuevo.
Personajes redondos que ven desmoronarse una vida que pensaron que nunca se acabaría, que continuaría a ese ritmo monótono de quien vive arrastrado por el tiempo y la propia vida, dejados de la voluntad, vaporosos en tanto en cuanto vacíos del peso que da la lucha constante por una identidad en una marea de cuerpos grises sin cara ni nombre...
Y un amor. Un amor que para mí no adquiere forma hasta el final, hasta esa última conversación en aquella enorme casa perdida de los recuerdos de unas vidas que parecen ya ajenas a todo, incluso a la realidad. Dos seres destinados a estar juntos que se ven separados por las circunstancias después de haberse encontrado, que pelean contra sí mismos y contra el mundo que los mira con ojos acusadores por lo que están haciendo, y ese amor que crece a pesar de todo, incluso de la determinación. Un dramón, vamos.

También encuentro ya el estilo fundamental a la hora de enfrentarme a una novela, y una obra es buena si lo es su contenido, pero también su forma. Las frases del narrador de La noche de los tiempos se entrelazaban unas con otras de manera suave y perfecta, como recién engrasadas, y hacían fluir las páginas como si uno navegase en las aguas traslúcidas en que se pierde nuestra mirada cuando recordamos. El pasar de las hojas era más una caricia que un esfuerzo, y el olor que despertaban mis dedos en el papel, una evocación. A través de esa evocación era fácil entonces llegar a los demás olores, y después, a los colores, y caminar junto a los protagonistas por las calles de un Madrid que ya no puedo mirar con los mismos ojos, gracias a esa voz superior que mantenía el mundo real en un estado de latencia y me permitía durante unas horas trasladarme a otra época. La misma obra narrada de otra forma no habría sido en absoluto lo mismo, no habría tenido el mismo efecto sugestivo ni habría resultado tan atrayente desde un primer momento. El estilo del autor en esta obra, por tanto, merece un diez en negrita y rodeado.

La verdad es que es muy fácil conseguir que un libro enganche. ¿A qué debemos, si no, la profusión de best-sellers en las librerías? Lo difícil es lograrlo haciendo además literatura. Y el señor Muñoz Molina lo logra. Creo que sólo la prosa de Clarín había conseguido tenerme tan presa de una obra con tan poco diálogo (véase La Regenta), así que desde aquí felicito a don Antonio por ser el segundo en conseguirlo.

Sin embargo, a pesar de todo lo positivo que veo en él, no es un libro que recomendaría a todo el mundo. Precisamente porque sé cómo leía yo antes (en mi tierna adolescencia, cuando yo también era asidua de los best-sellers más punteros como Los pilares de la tierra o El código da Vinci), entiendo que una historia con esta profundidad, que trata temas en los que tienes que andar algo metido para comprenderlos en todas sus dimensiones y complejidades, puede no llegar a todos, y es una pena llevarse un mal sabor de boca por no haber sabido elegir bien la obra a la que íbamos a enfrentarnos.

Como conclusión quiero decir que La noche de los tiempos puede dejar una impresión profunda en el alma, pero sólo en la de aquellos que sepan cómo leerla... Una forma de mirar se convierte así, no en relevante, sino en prácticamente trascendental.

D. Valmont