jueves, 20 de diciembre de 2012

"XVII" o "Poema del fin del mundo"

Si hoy se acaba el mundo, quiero que sepas que te quiero.
Que el final de esta noche será como el de todas las noches,
un sueño de neblinas y cantos de sirena en el que te conviertes,
me convierto, nos convertimos, en el atardecer de los tiempos.

Si hoy se acaba el mundo, volaré los párpados
y habitaré el cielo, flaqueando entre alas
de color mariposa y subyugando el hierro
con un lambetazo palpitante de arena,
de rabia, negra y púrpura, y de viento.

Si hoy se acaba el mundo, reiré,
y levantaré un hediondo trueno
de hojas amarillas, de espeso
humo de café negro, de turbias
rocas en verde encallecidas,
en pálida copa de grisáceo vino.

Si hoy se acaba el mundo,
nada más que nada acabará.
Tú seguirás existiendo,
inmortal al hambre
de los turbios espejos,
al latir del vacío
de nuestros ombligos.

Si hoy se acaba el mundo...

Si hoy se acaba...

Si hoy...

Si...

Sí.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Una fantasma

Yo sé quién soy...”, ese grito heroico, no ya solo en la noción de identidad, en la noción de saber quién uno es, sino en la convicción de ser capaz de ser quien uno quiera ser. Y no lo grito yo; lo grita Don Quijote de la Mancha, voz de autoridad por estas tierras, aun hechas sus palabras líquido y sus labios, papel. Pero podría haberlo dicho yo, o tú, o aquél, o cualquiera... Qué duda cabe entonces de que “la vida es literatura” es la continuación natural de “la literatura es vida”.
Al salir del teatro esta pasada noche, he decidido dar un paseo. La ciudad cambiaba su peso de un pie a otro pie mientras tarareaba distraída alguna melodía navideña, actitud más que propia en esta época del año... E, igual que la vida, la literatura palpitaba en cada lugar donde mis ojos se posaban. Ya antes de entrar me había parecido ver la sonrisa del viejo Cheshire acechándome desde una de las puertas, e incluso habría jurado que intercambiamos unas palabras cargadas de dobleces, pero he dejado de estar segura... ¿A quién le importaba Cheshire cuando dentro me esperaba el más valiente caballero que jamás conocieron las historias de la andante caballería? Los ágiles movimientos, las suaves palabras como hebras de pelo plateado y la voz volcánica... explosiva... ¡feroz!... ronroneante... cálida... viva e inmortal, me ficcionalizaron a su antojo, hicieron de mi vida una intrahistoria literaria que observaba, y se maravillaba, y se reía, y se compungía, y se emocionaba. ¿Podía pedir más? ¿Acaso sería posible alcanzar estos niveles de fusión cuando abandonara mi butaca y saliese a la nocturnidad de la calle? Como ya he dicho, sí lo era; todo palpitaba inflamado en literatura.
De un Maestro que con las golondrinas estará sobrevolando las tierras de España, del mundo, de todos los mundos,  he pasado a saludar a otro Maestro, a quien los dioses del Parnaso como el dios suyo habrán coronado, con tal emoción, que casi no podía llevar a buen término ningún otro pensamiento.
He oído a unos niños reírse en el Callejón del Gato, trasteando frente al espejo cóncavo, ignorantes los cuatro de cuán importantes son esos pedazos que les deformaban las caras. Nadie los miraba; solo yo. Tal vez, si acaso, Max Estrella y don Latino parados en una esquina.
He llegado a la calle arenosa con la nariz a punto de nieve, y frente a la parroquia de San Ginés, allá donde el polvo de una placa enamorada nos recuerda que sus aguas mojaron la inocente testa de nuestro poeta más malandrín, un perrazo callejero me ha mirado con la luna reflejada en sus pupilas, ha olisqueado los bajos de un árbol y ha continuado su camino.
Y todo esto en la más completa y absoluta soledad. Yo no veía a nadie mientras caminaba, o veía a todo el mundo, como si mirara a través de un aleph, y nadie me veía a mí. Todo era bullicio, vida, a mi alrededor, pero yo no participaba de ello... Solo observaba. Discurría por entre ríos de gente sin mojarme un ápice del abrigo, ensordecida por el bramar de la multitud, de sus conversaciones a medias, pero llevada de una inercia que me movía a seguir tolerando ese rumor agresivo, a entrar en comunión con él y escucharlo, o escuchar más allá, al menos.
No podría haber sido de otra manera... Nada de esto habría tenido sentido, o habría sido más que más de lo mismo si no me hubiera rodeado la soledad. He estado sola... Sola, como un fantasma. Todo para comprobar que literatura y vida son hermanas, viven la una en la otra y reafirman su ser siendo parte de algo que está vivo por ellas.

*   *   *

—¡Yo sé quién soy! —exclamó la Literatura.
¡Yo sé quién soy! —exclamó la Vida.

Y ambas se dieron la mano y echaron a caminar en esa gélida noche de diciembre, resumen de todas las demás noches, copia especular de dos espejos que se reflejan a sí mismos si se miran el uno al otro, cóncavos y convexos, espesos como la lágrima a través de la cual un enamorado trovador deforma el mundo que mira y que lo mira...

Vida y literatura,
literatura y vida.

martes, 4 de diciembre de 2012

"Martes Áureos". Así se llama esta nueva iniciativa creada para asegurarme de llevar a cabo la lectura de un corpus aceptable de obras del Teatro Español de los Siglos de Oro. Con dicho fin, he establecido una lista de lecturas, resultante del cotejo de distintas listas sugeridas y del consenso con mi amiga J. y con mi propia conciencia, y que abarca desde hoy, día 04 de diciembre, hasta el 22 de enero, en un total de ocho martes en los que deberé dar cuenta de hasta nueve obras dramáticas. Un proyecto nada desdeñable, como puede apreciarse...

A continuación daré comienzo a la lista, y cada martes la actualizaré añadiendo la siguiente obra a leer. El último martes realizaré la actualización final, apuntando mis conclusiones y confesando si he superado o no el reto en su totalidad. 

Wish me luck!

Martes 04 de diciembre del 2012

VICENTE, Gil: Tragicomedia de Don Duardos. 















Martes 11 de diciembre del 2012

ROJAS, Agustín de: El viaje entretenido















Martes 18 de diciembre del 2012 

CERVANTES, Miguel: Numancia













Martes 25 de diciembre del 2012

LOPE DE VEGA, Félix: Arte nuevo de hacer comedias | La dama boba














Martes 1 de enero del 2013

RUIZ DE ALARCÓN, Juan: La verdad sospechosa














Martes 8 de enero del 2013

CERVANTES, Miguel de: Entremeses


Martes 15 de enero del 2013

LOPE DE VEGA, Félix: El castigo sin venganza. 

Martes 22 de enero del 2013

MORETO, Agustín: El lindo don Diego. 


CONCLUSIÓN
Soy una mentirosa en potencia y en acto, lo sé, y me disculpo por ello. Pero sabed que he tenido una semana a.s.q.u.e.r.o.s.a. de exámenes que ha convertido en imposible mi propósito de concluir brevemente este apartado, y darlo así por finalizado. Voy a dejar de quejarme en este punto y a meterme en el meollo del asunto, que para eso he entrado al blog.

Montar el asunto de los Martes Áureos ha sido probablemente una de las mejores ideas que he tenido en este cuatrimestre. No sólo me ha servido para entrar en contacto directo con el teatro del Siglo de Oro, tan querido para mí, sino para poder decir que he disfrutado leyendo algo en un cuatrimestre donde uno se ahogaba entre tantas páginas. Ha sido un placer verdadero, en el que el mayor descubrimiento ha sido, sin duda alguna, la genialidad de Calderón. Sí, ya sé que no está en esta lista, pero también me he visto obligada (al principio, por las circunstancias; después por mi propio deseo) a leerlo este cuatrimestre. Tres obras: La vida es sueño, El alcalde de Zalamea y El gran teatro del mundo. Inmensas cada una en su estilo, denotando siempre el poder de una mente extraordinaria, son el reflejo de un todo que apabulla y seduce al que se atreve a acercarse. Por eso, Calderón ha pasado a ser para mí el símbolo del Barroco (y adoro a Lope y adoro a Cervantes, ¡ojo!).
De las obras elegidas propiamente para los Martes Áureos, me quedo con El castigo sin venganza, del siempre gigantesco Lope. Obra compleja que funciona como un mecanismo de relojería suizo, con un final que te deja temblando por lo brutal. ¿Cómo no elegirla con versos como estos?

Pues, señora, yo he llegado,
perdido a Dios el temor,
y al Duque, a tan triste estado,
que este mi imposible amor
me tiene desesperado.
En fin, señora, me veo
sin mí, sin vos y sin Dios:
sin Dios, por lo que os deseo;
sin mí, porque estoy sin vos;
sin vos, porque no os poseo.

En casos como éste, las demás palabras sobran.

D. Valmont

domingo, 25 de noviembre de 2012

XII

Aquel dulce bocado
entre tu cuello
y las alas de los caballos
me devolvió
una mirada de cuneta
cuando a buscarte
me acerqué a un charco,
y saboreé el barro,
y lloré gotas de miel
sobre los tálamos,
pues tú, lágrima de nube,
te habías evaporado.

Tragué el bocado,
giraste el cuello
y desaparecieron los caballos.


viernes, 17 de agosto de 2012

Un amanecer nublado tras la gran noche de los tiempos

Qué difícil resulta en ocasiones volver a encontrar un buen libro, ¿verdad? Sí, de esos que añoras cuando una mañana, por la casualidad o las prisas, no te acuerdas de meterlo en el bolso y te ves obligada a marchar en soledad por las largas vías del transporte público. Esos libros son realmente escasos... Por eso, cuando encuentras uno, no puedes sino maravillarte de tu suerte y tratar de disfrutar aun más si cabe de él.

Uno de esos libros ha sido para mí La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina. Una recomendación (y un señorito de la Casa del Libro) lo trajeron a mis manos, y desde ese momento clave en que lo abrí for the first time empecé a formar parte integral de una historia que ya me era atractiva antes de pasar la primera página...
Vale, estamos en un lugar entre los Estados Unidos y España algunos meses después del estallido de la guerra civil. Un hombre en una estación, que se gira, que busca, que recuerda... mientras toquetea las pocas posesiones que lleva en los bolsillos y sujeta con la mano en tensión una pequeña maleta desgastada. Y un vaivén constante, que tiene más de balanceo de barco que de traqueteo de tren, que nos lleva del presente al pasado y del pasado al presente de manera brusca pero natural, convirtiendo los recuerdos del protagonista en nuestros propios recuerdos, mostrándonoslos como aquel diario encontrado por casualidad en un desván lleno de polvo, que nos descubre unos acontecimientos que sólo habíamos podido imaginar, y que ahora, por arte de magia, se han hecho reales ante nuestros ojos.
Poder pasear por el Madrid de la República -aún más, por la Ciudad Universitaria naciente, que da sus primeros pasos para convertirse en un lugar... que no es por el que camino yo hoy-, cruzarme con grandes nombres que sólo la voz del narrador ha conseguido despegar de los manuales y darles vida plena, aunque por un instante, durante ese último año antes del desastre, ha sido... Bien, podríamos decir que ha creado una situación ventana: es decir, he sido presa de la sensación de que, mientras iba leyendo, se abría un espacio fuera del tiempo en el que esa realidad que fue era real de nuevo.
Personajes redondos que ven desmoronarse una vida que pensaron que nunca se acabaría, que continuaría a ese ritmo monótono de quien vive arrastrado por el tiempo y la propia vida, dejados de la voluntad, vaporosos en tanto en cuanto vacíos del peso que da la lucha constante por una identidad en una marea de cuerpos grises sin cara ni nombre...
Y un amor. Un amor que para mí no adquiere forma hasta el final, hasta esa última conversación en aquella enorme casa perdida de los recuerdos de unas vidas que parecen ya ajenas a todo, incluso a la realidad. Dos seres destinados a estar juntos que se ven separados por las circunstancias después de haberse encontrado, que pelean contra sí mismos y contra el mundo que los mira con ojos acusadores por lo que están haciendo, y ese amor que crece a pesar de todo, incluso de la determinación. Un dramón, vamos.

También encuentro ya el estilo fundamental a la hora de enfrentarme a una novela, y una obra es buena si lo es su contenido, pero también su forma. Las frases del narrador de La noche de los tiempos se entrelazaban unas con otras de manera suave y perfecta, como recién engrasadas, y hacían fluir las páginas como si uno navegase en las aguas traslúcidas en que se pierde nuestra mirada cuando recordamos. El pasar de las hojas era más una caricia que un esfuerzo, y el olor que despertaban mis dedos en el papel, una evocación. A través de esa evocación era fácil entonces llegar a los demás olores, y después, a los colores, y caminar junto a los protagonistas por las calles de un Madrid que ya no puedo mirar con los mismos ojos, gracias a esa voz superior que mantenía el mundo real en un estado de latencia y me permitía durante unas horas trasladarme a otra época. La misma obra narrada de otra forma no habría sido en absoluto lo mismo, no habría tenido el mismo efecto sugestivo ni habría resultado tan atrayente desde un primer momento. El estilo del autor en esta obra, por tanto, merece un diez en negrita y rodeado.

La verdad es que es muy fácil conseguir que un libro enganche. ¿A qué debemos, si no, la profusión de best-sellers en las librerías? Lo difícil es lograrlo haciendo además literatura. Y el señor Muñoz Molina lo logra. Creo que sólo la prosa de Clarín había conseguido tenerme tan presa de una obra con tan poco diálogo (véase La Regenta), así que desde aquí felicito a don Antonio por ser el segundo en conseguirlo.

Sin embargo, a pesar de todo lo positivo que veo en él, no es un libro que recomendaría a todo el mundo. Precisamente porque sé cómo leía yo antes (en mi tierna adolescencia, cuando yo también era asidua de los best-sellers más punteros como Los pilares de la tierra o El código da Vinci), entiendo que una historia con esta profundidad, que trata temas en los que tienes que andar algo metido para comprenderlos en todas sus dimensiones y complejidades, puede no llegar a todos, y es una pena llevarse un mal sabor de boca por no haber sabido elegir bien la obra a la que íbamos a enfrentarnos.

Como conclusión quiero decir que La noche de los tiempos puede dejar una impresión profunda en el alma, pero sólo en la de aquellos que sepan cómo leerla... Una forma de mirar se convierte así, no en relevante, sino en prácticamente trascendental.

D. Valmont

domingo, 22 de julio de 2012

VI

Si en el sonido de unos pasos,
en una voz de pasillo abandonado,
en el reflejo de unos ojos que miran unos labios,
busco el calor de tus brazos,
¿por qué me sorprende encontrarte en mis sueños,
borroso, tibio, algodonado,
acariciando mi alma con tus dedos largos,
regalándole besos de mi cuello a un lado?

¿No será que en el silencio alejado
tú me llamas sin conciencia, mudo
a gritos, dormido, solo,
para que no te saque de mis pensamientos?
¿No será que quiere tu voz continuar siendo mi melodía,
la nana de mis sueños, que descansa dormida
conmigo en el atril de tus labios,
en aquella partitura de tus besos?


D. Valmont

sábado, 21 de julio de 2012

"Ainadamar", o una visión lorquiana de la muerte de Lorca

Como todos sabéis ya, me entusiasma el teatro. Casi tanto como me entusiasma la literatura en general. Planear ir a una obra convierte una tarde de hastío en una de fiesta, y más si, como en esta ocasión, se trata de una obra en la que Lorca, Nuria Espert y Teatro Real se juntan en una misma frase. No soy crítico teatral, ni crítico de nada a decir verdad, pero varios años de pulimento me han convertido en crítica CON lo que leo y con lo que veo, y es de ahí de donde van a salir mis opiniones acerca de esta, a priori gran obra, titulada Ainadamar.

Luces que se apagan, recolocaciones en las butacas de un patio que estaba lleno pero no del todo y contención de los últimos nervios, acompañantes hasta allí de mi persona al menos desde la tarde anterior, ante el inminente comienzo de la función. Aparición de doña Nuria Espert. Versos. Música. Palmas y campanas. ¡Ay, qué día tan triste en Granada! Margarita Xirgu -¡dos Margaritas Xirgu!- y Federico. Muecas. Coros. La Habana. Un beso. Varios besos. Alguien que se asoma a una ventana. Un profesor, un torero y Federico. Disparos. Llanto. Llanto, llanto y más llanto. Un fantasma. Más versos. Luces que se apagan. Aplausos. Luces que se encienden. Más aplausos.


Y, sin embargo, cierto sinsabor. Tal vez porque el artículo de Elvira Lindo ya me había predispuesto en cierta forma contra lo hecho en el Teatro Real. Tal vez porque mi forma de sentir a Lorca no es la misma que la que intentaban transmitir Golijov y Hwang a través de la bella expresión operística. Tal vez porque me desagrada enormemente esa forma de entender al poeta, de malentenderlo y profanarlo, dándole unos matices de chabacana superficialidad disfrazada de profundidad espiritual, y de supuesta popularidad predominante por encima de otras características igual de importantes, sofocando así su evidente genialidad poética. 
A mis ojos, ayer presentaron a un Lorca vacío: el collage de impresiones -a veces daba la sensación que de oídas- que había logrado Osvaldo se despegaba poco a poco ante mí como si lo hubieran pegado con saliva y no con cola de contacto. Me daba la impresión de que intentaban explicar a un hombre tan complejo como Federico SÓLO a partir de sus obras más tradicionales en su forma y contenido (Mariana Pineda o el Romancero Gitano). Quedarse únicamente con eso es, en mi opinión, matar a Lorca de una forma más atroz que la perpetrada en 1936. 


Tampoco entendí que hiciera que al poeta lo interpretase una mujer. Bueno, miento: puedo llegar a entenderlo, pero no quiero pensar que lo hayan hecho por su condición sexual, por ese tópico extendido de que el alma de Federido, transmutado en Yerma, era alma de mujer. No. Me niego. La de Federico era un alma genuinamente única, y verla de otro modo es apreciarla entre las sombras de la ignorancia y la ceguera voluntaria. ¿Es que Lorca no era hombre por amar a otros hombres? ¿Acaso no hay actores varones que hubieran podido interpretarlo con igual tino que la mezzosoprano Kelley O'Connor? 

La falta sustancial de argumento... Otro de los aspectos que me decepcionaron. Bien sé que se trataba de un drama lírico -o eso espero... De no ser así, vendría el verdadero problema-, pero el regodeo, a mi parecer innecesario, en la muerte de Lorca (ya no sólo en el mismo momento, que me pareció espectacular por los efectos sonoros y la música, sino en lo precedente) y en el llanto posterior, especialmente este último, se me hizo excesivo. La obra podría haberse cortado bastantes minutos antes.

Me maravilló, sin embargo, Nuria Espert, que con su voz rota por la vejez aún conseguía erizar los poros de mi piel mientras recitaba poemas del Diván de Tamarit y se paseaba por el escenario con lágrimas en los ojos y sonrisa de melancolía. Cierto es que no entendí muy bien su papel en la obra (¿una Margarita Xirgu anciana que recuerda?), y su presencia constante en el escenario, pero no voy a mentiros diciéndoos que no agradecí internamente que no se apartara de mis ojos, como un ángel de luz (ilusión probablemente motivada por su atuendo color blanco marfil) allí puesto para tratar de salvar a Federico una vez más de su inevitable destino. Estuvo soberbia.


También estoy obligada a mencionar la voz de Jessica Rivera, intérprete de la joven Margarita Xirgu, que consiguió emocionarme a lo largo de toda la obra cada vez que nos regalaba los oídos con una nueva canción (¡incluso tumbada!), y los movimientos hipnóticos del bailaor Marco Berrie, asesino imponente de este Lorca de ficción, increíble en su papel... Absolutamente hipnótico, repito. Creo que fue lo que más me gustó de todo el montaje, junto con la música. Menuda diferencia de tener una orquesta en directo a no tenerla...


Pero algo faltaba... Su voz. Su voz, que era lo que yo más ansiaba escuchar, sólo a veces rescatada por la de Nuria Espert, quedaba ahogada en una maraña de otras voces, muy bellas, sí, pero insuficientes para mi espíritu hambriento de poesía... Ayer fue la voz de Lorca lo único que no se escuchó en el teatro.


D. Valmont

martes, 26 de junio de 2012

Pasé la mano ante mis ojos intentando correr el tupido velo de algodón con el que, coqueta, intentaba cubrirse esa noche la luna. La otra mano la imitó, abandonando su relajada posición sobre tu pecho caliente, tratando de dar la última caricia a lo que, desde el principio, me había parecido imposible... Por un lado, borrar la noche, desfigurar la luz de la luna. Por otro, grabarla tan a fuego en la yema de mis dedos que hasta el último mortal recordara su paso con sobrecogimiento.
La atmósfera de la habitación se hacía más densa de forma directamente proporcional al uso. Esa noche habíamos sido usados: el uno por el otro, de manera confusa...
Tú dormías. Esa luna picarona, sin llegar a esconderse del todo, parecía tentarme para que olvidase mi tonto empeño por borrarla y centrase la acción de mis manos en deleitarme en cada uno de tus poros, fundiéndolos en una sola piel que gritase, con la voz llena de saliva ardiente, "mío"... ¡Mío, mío, mío! 
Cada nueva caricia bañaba mis palmas en la humedad de tu piel... ¡Oh, cómo te había deseado apenas minutos antes! ¡Y yo era la artífice de ese sudor delicioso! Había conseguido hacerlo brotar de tu cuerpo en llamas simplemente incendiando mis manos, azuzando el fuego con cada nuevo roce de la pasión. Y ahora respirabas calmado en mis brazos, los párpados derrotados tras tan ardua batalla de miradas. Yo había ganado. Tú habías ganado. Nos ganábamos el uno al otro con cada nuevo beso.


D. Valmont

domingo, 13 de mayo de 2012

Las persianas sudaban,
pegadas unas a otras,
abrazadas
en la opacidad de sus rendijas.

D. Valmont

lunes, 30 de abril de 2012

El hombre del café

La tarde, fría para la época, se derretía sobre los cristales que se transparentaban ante tus ojos. Era el momento perfecto -lo sabías- para estar ahí: el olor a café y a tierra mojada danzaban juntos en esa atmósfera dulzona que flotaba en el local, y acariciaban con su baile de pluma tus fosas nasales. El monótono sonido de la cafetera gigantesca se vio interrumpido por el suave tintineo que el roce de la puerta producía en la campanilla colgante. Tú disfrutabas verdaderamente de ese ambiente tranquilo y bohemio que te permitía degustar tu café con auténtico paladeo, así que apenas prestaste atención al nuevo intruso, que atravesó la entrada y caminó presto hacia el mostrador, ocultándose de una mirada que no te habías dignado dirigirle. El café seguía formando olas en tu boca, movido por las potentes mareas que tu diosa Lengua generaba a placer. ¡Qué explosión de sabor la del café en sintonía con sus bajos fondos de chocolate blanco y sus nubes de nata! ¿Cómo era posible lograr tal profusión de gustos con el simple acariciar de tu boca? Agradecías mentalmente a tu taza el placer otorgado cuando el intruso pasó por delante de ti para ir a sentarse en el mullido sillón de enfrente, justo en la mesa de al lado. Su falta de interés por ti no te pasó desapercibida, como tampoco lo hizo el hecho de que él gozase de toda tu atención entonces. Lo observaste con disimulo, levantando ligeramente los ojos de tu libreta, y lo viste sumergido en un lago de concentración, dentro del mundo de su teléfono móvil. Una elegancia patente en el vestir se mantenía y expandía estando sentado. Nevado en su cumbre, una base marrón ascendía en un degradado granate, tocando de seriedad a quienes en Navidad habrían de ser los más festivos; y una sombra azul que se desmayaba, carente de función en esos momentos, sobre el brazo del sillón vecino. Unos grandes lentes cuadrados y unas pobladas cejas oscuras le daban aspecto de búho, de búho sabio, cabeza de todos los animales del bosque. 
Una vez fuera del agua, con movimientos lentos, acercó sus manos y destapó el vaso humeante posado sobre la superficie no demasiado brillante de la mesa. Un olor igual de aromático que el del café se alzó en el aire, alto en imponente, de tono verdoso, pelo largo y traje vaporoso, y empezó a bailar frente al poderoso negro de cabeza rapada, camisa blanca y pies descalzos que llevaba en sus brazos a la joven morena de largos cabellos húmedos. Hubo cambio de pareja por un instante, pero mi intruso amigo lo encerró de nuevo en su cárcel de cartón cuando echó una cantidad considerable de hielo a su infusión y puso la tapa. Intercambio de miradas, parpadeo lento e intenso, un apretón de manos, "Es un placer", "Encantado", y una situación que siguió desarrollándose con normalidad, como si nada de eso hubiera ocurrido. La máquina siguió haciendo café; la gente a vuestro alrededor continuó llenando el lugar de voces ambiente, sin prestaros atención; el tiempo continuó su rumbo, y tú con él. Te levantaste en un momento determinado, sabiendo que era tu turno: debías abandonar ya el local. La tarde continuaba derritiéndose sobre los cristales. El sol había huido, y tus ganas de salir con él. Una voz te detuvo cuando acababas de dar el primer paso hacia la puerta. "Hasta luego", dijo el intruso.
"Hasta luego", contestaste, y saliste del café con una sonrisa, con la máquina moledora de granos en plena ebullición.

*   *   *   *   *

Inspirado en mi encuentro con J.J.M.

D. Valmont

lunes, 23 de abril de 2012

El paso de las hojas en el paseo bajo las hojas, a un ritmo lento, sereno... Los ojos refulgen como dulces palpitaciones con cada nueva palabra. Te paras. Pasas. Caminas. Pasas. Una princesa, un castillo, la ciudad asolada por el fuego dragón, el canto de una trompeta, un caballero varón. Pasas. ¡Nuestra es la victoria! ¡Y todo gracias al que, sin lugar a dudas, ha de ser el nuevo rey de nuestro magnífico reino! La princesa y él se miran por primera vez. Pasas. Pero ella tiene una reacción inesperada... ¡No está dispuesta a casarse con el caballero! Sorpresa en las caras ciudadanas como en la tuya, y una cabeza, la tuya, que niega instintivamente. ¡No es posible! ¡No, ella no está dispuesta a casarse! ¡NO! ¡Ella ama a otro! El rey la mira con sorpresa y enfado. Acompañas sus recriminaciones con tu mirada acusadora. ¿Cómo que no te vas a casar con el caballero? ¿Con él, a quien tanto debéis tú y tus súbditos? Ella se marcha llorando bajo una orden de encierro real. Pasas. Sensación de incomodidad. Lástima. ¡Pero no! ¡La princesa es una insensata! Ves al fondo del pasillo la puerta entreabierta. Te acercas con pasos quedos, lentamente, aguzando el oído... Alguien solloza al otro lado. Pasas. Es la princesa quien se lamenta con amargura apoyada en la ventana. No se percata de tu presencia, pero ni siquiera tú eres consciente de ella. Pena... la dura pena atenaza tu corazón. Te das cuenta de lo injustos que habéis sido su padre y tú con ella, y te sientes miserable. Tratando de consolarla, acaricias su piel blanca con las yemas de tus dedos, despacio... Un nombre escapa de entre sus labios, que ya no tienen fuerzas para contenerlo. "¡Braulio!". ¿Braulio? ¿Quién es Braulio? "Braulio, mi adorado amigo", sigue diciendo. ¿Amigo? Pasas a otra habitación, decidiendo que ya has invadido bastante la privacidad de la princesa. El rey y la reinan discuten. Demasiado calor en esa habitación. Pasas de largo. El caballero, huésped de honor -pero no familia- de los reyes, da vueltas y más vueltas en su alcoba. Casi te atropella. Te apartas rápidamente, pero le oyes murmurar algo. Un murmullo demasiado bajo para distinguir palabras concretas. Algo llama su atención fuera, y corre hacia la ventana. Tú, que ya estabas dispuesta a abandonarlo, lo sigues. Ahora tú también puedes oírlo... Es el lamento de la princesa... coreado por otra voz. ¿Quién ha de ser? "¡BRAULIO!" exclamas casi sin aliento y sin poder dar crédito. El caballero no te ha oído. Sus dientes chirrían con tal fuerza que no entiendes cómo es capaz de oír nada más. Sus anchos hombros ocupan todo el hueco de la ventana, así que tu visión se ve casi totalmente limitada. Pero algo grave ha tenido que pasar, porque acaba de darse la vuelta y te ha apartado de su camino de un empujón. Trastabillas unos cuantos pasos, y cuando te recuperas, lo ves cogiendo su espada. ¡No! ¿Qué estás haciendo? ¿Qué has visto? ¿Qué vas a hacer? Sin escuchar tus preguntas, abre la puerta y sale como un rayo de la habitación. Lo sigues presurosamente, por un lado anhelante de saber a qué se debe su iracunda reacción, por otro temerosa de lo que vaya a hacer. Pasáis juntos por los corredores vacíos, y sin aliento llegáis a la puerta, ahora cerrada, de la princesa. Los ojos del caballero brillan como lumbre, y la mano se ciñe sobre la empuñadura de su espada cual garra de azor sujetando a su presa. Sabes que está dispuesto a matar. ¿Pero a quién? ¿Por qué? ¿Y qué deberías hacer tú? ¡Que alguien avise al rey! ¡Van a matar a su hija! Cuando estás a punto de bajar las escaleras, el caballero derriba la puerta y te obliga a volver sobre tus pasos. "¡Detente!", gritas, sujetando su brazo con todas tus fuerzas. Él se libra de tu amarre fácilmente, como si apenas lo hubiese notado, e irrumpe como una fiera en la habitación. La rabia de sus ojos se torna desenfrenada al encontrar a sus pies, arrodillados el uno frente al otro, abrazándose... amándose... a la princesa y al joven que responde por Braulio, el único a quien ella realmente ama. "¡TÚ!", escupe el caballero, y alza su espada dispuesto a descargar el golpe, no sabes bien si sobre la princesa o su amante. Y el brazo empieza a bajar, y tú te llevas una mano a los labios instintivamente. ¡Los va a matar! Tropezón. Un mundo saltando de tus manos y desparramándose sobre el pavimento. ¡Mierda, justo en la mejor parte! Recoges tu libro del suelo y lo curas con primor. Miras a tu alrededor. Nadie, absolutamente nadie, parece interesado en ti, a pesar de ser la única persona que está siendo testigo de los más maravillosos acontecimientos jamás vistos ni oídos por el hombre. Pegas a tu pequeño amigo a tu pecho y sonríes para ti. ¿Y qué más da? Son ellos los que se lo están perdiendo. Las hojas dan sombra a las hojas. Abres el libro... los ojos, de nuevo. Y caminas. ¡Ah, sí! El caballero, la princesa y Braulio... Tus viejos amigos. Caminas. La última palabra había sido "espada", lo recuerdas bien. Terminas esa página y pasas.

.   .   .   .   .

¡FELIZ DÍA DEL LIBRO A TODOS!

sábado, 31 de marzo de 2012

Día Mundial del Teatro


"I'm honored to have been asked by the International Theatre Institute ITI at UNESCO to give this greeting commemorating the 50th anniversary of World Theatre Day. I will address my brief remarks to my fellow theatre workers, peers and comrades.
May your work be compelling and original. May it be profound, touching, contemplative, and unique. May it help us to reflect on the question of what it means to be human, and may that reflection be blessed with heart, sincerity, candor, and grace. May you overcome adversity, censorship, poverty and nihilism, as many of you will most certainly be obliged to do. May you be blessed with the talent and rigor to teach us about the beating of the human heart in all its complexity, and the humility and curiosity to make it your life's work. And may the best of you - for it will only be the best of you, and even then only in the rarest and briefest moments - succeed in framing that most basic of questions, "how do we live?" Godspeed."
- John Malkovich



Sé que esta entrada llega con retraso. Perdonadme, pero he estado perdida entre tantas "huelgas generales" y "noches de Max Estrella que son gratis un martes a las 24:00". Sin embargo, tal celebración merecía una entrada propia, y aquí está. Con retraso, pero intacta.
"El Instituto Internacional del Teatro-ITI de la UNESCO me ha honrado con su petición de realizar este mensaje en la conmemoración del 50 aniversario del Día Mundial del Teatro. Voy a dirigir estas breves consideraciones a mis compañeros del teatro, mis pares y camaradas.
Que vuestro trabajo sea convincente y original. Que sea profundo, conmovedor, reflexivo y único. Que nos ayude a reflejar la cuestión de lo que significa ser humano y que dicho reflejo sea guiado por el corazón, la sinceridad, el candor y la gracia. Que superéis la adversidad, la censura, la pobreza y el nihilismo, algo a lo que, ciertamente, muchos de vosotros estaréis obligados a afrontar. Que seáis bendecidos con el talento y el rigor necesarios para enseñarnos cómo late el corazón humano en toda su complejidad, así como con la humildad y curiosidad necesarias para hacer de ello la obra de vuestra vida. Y que sea lo mejor de vosotros - ya que será lo mejor de vosotros, y aun así, se dará sólo en los momentos más singulares y breves - lo que consiga enmarcar esa que es la pregunta más básica de todas: “¿Cómo vivimos?” ¡Buena Suerte!"
¿Y qué mejor para empezar una entrada sobre el Día Mundial del Teatro que una cita de John Malkovich? ¿Algo mejor para semejante conmemoración que las palabras de un actorazo de los pies a la cabeza? ¡Ah, es cierto! Quizás... una foto de Valle-Inclán vistiendo bufanda blanca.


Padres e hijos de los escenarios, todos juntos para alzar una noche más la voz por la cultura libre. Una cultura a la que, dicho sea de paso, están atando y amordazando, y a la que no tardarán en apalear con los enormes palos de su enorme ignorancia aquellos a los que no interesa que la gente piense y se preocupe por algo más que las facturas, los niños o el partido de fútbol de ese fin de semana... 
Sin embargo, aquí estamos; aquí seguiremos los famélicos hijos de la cultura, los resuellos mortecinos de la intelectualidad de un país que se cae a pedazos, caminando con paso firme y constante, recogiendo los huesos rotos de nuestra patria malherida y tratando de soldarlos con páginas blancas y tiras de versos, esperando verla levantarse y mantenerse en pie una vez más...

D. Valmont

miércoles, 21 de marzo de 2012

Día Mundial de la Poesía

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta enmudeció la lira;
podrá no haber poetas, pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a do camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!


Sí, ya sé que este poema fue incluido en una entrada anterior, pero lo vuelvo a poner aquí porque, citando al gran D.B., me da la realísima gana. ¿Qué mejor que la rima IV de Bécquer para celebrar el Día Mundial de la Poesía?
Podrá no haber poetas, 
pero SIEMPRE habrá poesía.

Qué forma tan bella de hablar de una verdad incuestionable, ¿no os parece? La poesía como un ente con realidad separada de quien, soberbios, pensamos que le da la vida. 
Permitidme una divagación simple sobre el tema... La poesía es uno de los aspectos que más humanos nos hacen. Sí, sé que insisto bastante en lo de que "la literatura humaniza" ("Lo dice la de Letras", pensaréis), pero es que tengo pleno convencimiento de ello. La literatura, y la poesía como expresión sublime de ella, son elementos constitutivos del ser humano. La necesidad de crear mundos posibles a los que evadirse ha sido desde el principio una característica inherente a "ser hombre". Y si a eso sumamos la belleza, la sonoridad, la capacidad de evocación... obtenemos la Poesía. Y que seamos capaces de reconocer eso como especie me llena de una profunda alegría. Por eso...

¡Feliz Día Mundial de la Poesía a todos!

D. Valmont

martes, 20 de marzo de 2012

El café de las tertulias

A veces se hace raro hablar de literatura como concepto, en abstracción, y no tener en mente nada más que un papel escrito o varios nombres, en ocasiones asociados a una cara, en ocasiones a la portada de un libro, en ocasiones a una leyenda; y, sin embargo, no tener en mente los lugares en que esa literatura se ha hecho posible. 
Últimamente, entre bocanada y bocanada del oloroso humo espeso de mi nueva pipa, no puedo dejar de pensar en los lugares por donde tan magistralmente nos conduce el maestro Valle en su Luces de Bohemia, esos lugares mágicos por lo grotesco que se hacen reales tanto en la literatura como en un paseo por el Madrid más castizo y oscuro. La literatura se encuentra con la vida. La literatura es la vida, pero contada de otra manera.
Por eso, al hablar de estos lugares ligados tanto a la literatura como a sus autores, me parece obligado hablar de conocidísimo Café Gijón, que anda en la brecha estos días por cuestiones no extrañas en la realidad española, a saber, económicas.
Desde un principio aclarar que no puedo hablar de él como podrían hacerlo tantas y tan grandes figuras del panorama literario español, porque mi experiencia, huelga decirlo, no es tan vasta ni muchísimo menos, pero sí puedo hacerlo en un mismo nivel intelectual como amante de las letras y devota de la literatura que soy, al igual que han sido todos ellos.


No he pisado el café en cuestión más que una vez en mi vida, dada mi pobrísima (que ni a paupérrima llega) economía de estudiante de Letras. Curiosamente coincidió con la primera vez, tanto en esta ocasión como en general, que fui a ver Luces de Bohemia al teatro. Tener tan vivo el recuerdo de esa representación trae sistemáticamente a mi memoria esa tarde de espera en El Gijón. Como digo, no pasé allí más que un rato (ni media hora, me atrevería a precisar), pero fue suficiente para darme cuenta de por qué es un sitio tan especial para nuestro Madrid cultural e histórico. El olor a café recién hecho lo inundaba todo. Cuando entré, un diligente camarero me condujo, entre los murmullos que constituyen la melodía de fondo y que ambientan el lugar de modo único, a una mesa vacía. Bancos blandos, mesas de madera antiguas, y ese olor a café filtrándose por los poros de esa madera y de mi piel, convirtiéndose, sin darse cuenta, en uno de mis más vivos recuerdos. Mucha gente a mi alrededor. Conversaciones innúmero, risas leves que no llegaban a más de carcajadas quedas, siempre respetando el ambiente murmurante, llenando de vida el lugar pero sin romper su quietud. Observé con curiosidad las paredes forradas de madera e imágenes de gente a quien admirar, respirando el mismo espacio que ellos respiraron, escuchando hablar al tiempo por encima del murmullo. Café caliente y dos terrones, y nada más hacía falta. Bueno, tal vez un interlocutor con quien tertuliar sobre cualquier tema, de tantos de los que el lugar me inspiraba. Sin contertulio posible, seguí observando. El lugar estaba constituido por una barra y un espacio diáfano de mesas y sillas, pero tuve la impresión (verdadera, según he sabido después) de que existían líneas invisibles que separaban distintas secciones de tertulia, cada una independiente pero todas formando parte se ese espacio diáfano que os decía, haciendo del café un lugar de culto a las Humanidades al completo. Cómo negar que me sentía en mi salsa, y que me dolió tener que marcharme, pero quizá ese dolor se vio disimulado por los nervios que atenazaban mi estómago ante la experiencia esperpéntica que me esperaba en el María Guerrero. Sin embargo, ahí quedó el recuerdo, guardado y latente, un recuerdo que hago patente hoy ante la posibilidad de que ese café se cierre.
Con todo tipo de atropellos sucediéndose simultáneamente en todas las áreas (laborales e intelectuales) y regiones de nuestro país, me levanto desde aquí para protestar por éste en particular: ya le han quitado al  Gijón su quiosco... ¿Qué va a ser lo próximo? Si le quitamos su cultura a un país... ¿qué queda de ese país?

D. Valmont

martes, 13 de marzo de 2012

El susurro de los cipreses

"La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!"

El silencio... Al otro lado de la tapia, Madrid; a éste, sólo el silencio. No hablo del silencio de la soledad, ése que te persigue y te atormenta aunque te estés peleando con una multitud de amigos llenos de prisas semejantes a la tuya, no. Hablo de un silencio lleno, de la compañía silenciosa y reposada de los que ya descansan. Los motores, los gritos, el revuelo... todo queda fuera de ese lugar en el que se ha detenido el tiempo.
Hoy estoy visitando la tumba del Maestro. Es su cumpleaños. El sol brilla, latiendo al ritmo de mis pasos que hacen crujir el pavimento arenoso, que entrechocan sonoramente con el silencio que lo envuelve todo. Calor. Los pájaros revolotean por entre los altos cipreses, piando y trinando alegres por la llegada de la primavera. Ellos no rompen el silencio. Lo conocen demasiado bien como para hacerle ese feo. Sólo... lo acompañan juguetonamente, consiguiendo un aire místico en todo el lugar. Llego. Polvo y las primeras telarañas. La primavera trae también a esas silenciosas pero importunas inquilinas parientes de Aracne, a las que divierte tejer y tejer sin parar, crear decorados incluso para aquellos escenarios ya sin aliento. 
Paso mi mano por la piedra fría, polvorienta pero dura, muerta... Más muerta que lo que esconde en sus entrañas, más muerta porque nunca ha tenido vida. Paseo la mano de vuelta, arrastrando lo que queda de polvo y olvido. El tacto es frío; el regusto, amargo. 
Susurro unas pocas palabras, ni significativas ni trascendentes, que se pierden en el silencio. Incluso yo dejo de oírlas con rapidez. ¿Qué importa? Lo he dicho; él me ha oído. ¿Qué importa dónde estén ahora? Habrán ido al lugar a donde van todas las palabras dichas después de abandonar los labios de sus dueños, quizá volando, quizá de otra manera, pero allí han debido de ir...
Suspiro y miro a mi alrededor. Vuelvo mis ojos a la piedra, que me devuelve la mirada con sus ojos ciegos. La acaricio una vez más, la última... Y me despido. Echo a andar hacia la puerta. No miro atrás, pues todavía tengo esa maldita piedra grabada en la retina. Acelero el paso, sin querer pensarlo, pero... es que... si esa piedra supiera...
Abandono el lugar, y siento que debo darle la razón a Bécquer... ¡Qué solos se quedan los muertos! A mi espalda, sólo una inscripción:

Ramón Menéndez Pidal
13-III-1869     14-XI-1968
D.E.P.

Adiós, Maestro.

D. Valmont

lunes, 12 de marzo de 2012

El encanto de lo cotidiano

En ese poema a una patata frita, en aquellos versos que el ingenioso dedica a la mancha sobre la mesa o a la curva que se queda en la pajita tras beber... Pues yo, sinceramente, no lo veo. No veo que se escriba literatura sobre lo cotidiano, por mucho que desde el Romanticismo todo quepa en este saco multiforme que es el Arte. No, señor mío (o señora mía, que con lo encendidos que están últimamente los ánimos en cuanto a lo sexista del lenguaje, cualquiera abre la boca... o el boco), una patata frita no es objeto de la literatura. No poetice sobre ella. Ni sobre ella ni sobre su primo el palito de mozzarella... El objeto de la literatura, aunque feo (aceptamos lo feo), debe ser sublime de alguna forma. Por muy bien cortada/frita/amarilla que sea una patata, no tiene de sublime ni el nombre.
La literatura debe ser bella en alguna de sus formas... Sí, incluso hablando de lo feo puede ser bella, sorpréndanse ustedes. Si no lo fuera, no sería literatura. Si no hubiese algo que diferenciase a la literatura precisamente de lo cotidiano, no tendríamos literatura y el mundo sería mucho más triste.

Si cotidianizamos la literatura, perdemos la literatura.

Si perdemos la literatura, perdemos nuestra humanidad.

Si perdemos nuestra humanidad, nos convertimos en máquinas.

Y si nos convertimos en máquinas, estamos jodidos.

Perdonen la divagación, señores barra señoras, pero el encanto de una patata frita en un restaurante de comida rápida me han inspirado para ensayear un rato.

¡Oh, diosa de piel de oro,
que hasta aquel libro te cita!
Delicia de paladares,
señora patata frita.

D. Valmont

sábado, 10 de marzo de 2012

La mueca

El hombre más bello del mundo se miró al espejo e hizo uso de su memoria para tratar de componer la mueca. Nada, no le salió. Con mueca o sin ella, su cara seguía siendo imposiblemente hermosa. Suspiró derrotado. Ni siquiera con la mueca podía dejar de ser bello. Apoyó las pálidas y casi femeninas manos a ambos lados del límpido lavabo y su cabeza cayó con un suave balanceo que parecía querer negar la opinión universal. Estuvo así unos minutos que a él se le figuraron segundos hasta que volvió a subir la cabeza y observó su reflejo una vez más. Era tan bello... Quiso llorar. No lo hizo. Sabía perfectamente que su rostro adquiría matices celestiales cuando lo hacía, y prefería que no hubiese un espejo cerca en tal circunstancia.


Llegó tarde al trabajo esa mañana. Había buscado desde el trabajo más vulgar a aquel en que más fácilmente pudiera pasar desapercibido, y había acabado en un aburrido edificio gris de oficinas, recluido en un cubículo situado en el último rincón de la vigésimo séptima planta y apartado del mundo. Porque el mundo lo despreciaba, estaba seguro. Sólo así se explicaba... Dejó su bolsa sobre la silla polvorienta que había al otro lado de su escritorio. Él nunca recibía a nadie. Los jefes de su empresa sabían que cualquier negocio se frustraría de dejarlo en sus manos. La melancolía hizo brotar un suspiro de sus cincelados labios, firmemente apretados para contener la amargura que lo envolvía durante todo el día, cada día, a lo largo de toda la semana, todas las semanas del mes... siempre. Quiso evocar algún recuerdo feliz que lo ayudase a focalizar su atención en el trabajo que tenía delante, pero, como solía ocurrir cada vez que lo intentaba, no encontró ninguno. Sus padres, en cuanto supo andar y hablar correctamente, lo enviaron interno a un colegio en el extranjero. En él pasó buena parte de sus solitarias niñez y adolescencia, y cuando tuvo edad suficiente para ir a la universidad, recibió una llamada telefónica de su padre, que le decía que él y su madre se harían cargo de los gastos que su aprendizaje exigiera, pero que les resultaba imposible entregarle el dinero sino por transferencia bancaria. No habían ido a desearle suerte antes de su primer curso. Ni tampoco habían estado en su graduación. Es más, no había vuelto a verlos desde la primera vez que se despidió de ellos entre lágrimas infantiles. Para él, que nunca había entendido el porqué de su situación, esto la explicaba en esencia: si ni sus propios padres habían soportado tenerlo cerca, ¿qué podía esperar del resto del mundo a su alrededor?
Se pasó una mano por la cara con la intención de despejarse y su mirada se perdió en la bolsa arrugada que dejaba su huella sobre la silla por el simple hecho de estar ahí. Estuvo a punto de soltar un juramento, a la vez que los párpados se le abrían de más. ¡La comida! Con sus estúpidas reflexiones metafísicas se había olvidado la comida en casa. Su mano recorrió su rostro de nuevo, horadándolo con sus suaves yemas como muestra de la desesperación que lo recorría. La cafetería... Tendría que bajar a la cafetería. Para evitar encontrarse con nadie, él solía prepararse religiosamente su comida noche tras noche, la cual lo acompañaba en su paseo de incógnito desde casa a la oficina. Sin embargo, ese día se la había olvidado sobre la encimera. ¡Era imbécil! 
Se puso en pie y comenzó a pasearse. Pensó que podría ayunar, saltarse la comida y esperar a la cena. La idea lo tentó por un instante. Si lo hacía, no tendría que... Pero eso, ¿de qué serviría? Al final, tendría que salir de la oficina y enfrentarse al mundo. No se sentía bien obligando a sus compañeros de trabajo, muchos de los cuales ni siquiera lo habían visto antes, a tolerar su presencia en su lugar de asueto pasajero, pero menos lo atraía la idea de romper su cuidadosamente elaborada dieta. Bajaría, estaba decidido.
Cogió la cartera y salió del despacho, deseando retrasar el momento lo menos posible. Cuanto antes bajara, antes subiría. Usó las escaleras, poco o nada frecuentadas por los acomodados ejecutivos que allí trabajaban, a quienes resultaba mucho más cómodo pulsar un botón y que otro los subiera o bajara según su voluntad que pensar en emplear sus propias piernas. Dada la situación de su despacho, el número de plantas que tuvo que bajar fue innumerable, o al menos eso le pareció a él cuando perdió la cuenta alrededor de la duodécima.
Por fin llegó a su destino. Se paró frente a las puertas un momento, y cogiendo suavemente los pomos, las abrió lo más delicadamente que pudo. Pensó que nadie se percataría demasiado de su presencia si iba con cuidado, pero su aliento, escaso después de tantos escalones, lo delató. Antes de poder darse cuenta, toda la cafetería se había girado a mirarlo. Por un momento no ocurrió nada... no más que un simple intercambio de miradas entre la gente comiendo y el recién llegado. Pero él sabía que eso no duraría... Sus ilusiones de haberse vuelto normal de repente se habían frustrado numerosas veces antes, justo por lo mismo, por esos instantes de incertidumbre... Dio un valiente paso hacia delante. Pasaría... Era cuestión de momentos infinitesimales... La luz que entraba a raudales por las lenguas de vidrio que lamían la fachada del edificio de arriba abajo chocó bruscamente con su frente perlada de una fina capa de transpiración, haciendo relucir su cara como si estuviese reflejándose sobre una escultura de mármol pulido. Dio otro paso más. Entonces empezó a ocurrir. La gente... sus caras... La mueca, ahí estaba... Dio otro paso más, y aun otro, y otro... Podía ver los rostros de los trabajadores curvándose de manera grotesca al pasar junto a ellos, oía cómo cada pliegue de piel se contraía para expresar su aversión, cómo gemían los ojos para que se alejase de ellos porque simplemente no podían soportar mirarlo... Esa era su maldición: el mundo lo odiaba, sí... Lo odiaba por ser demasiado bello, demasiado bello para que sus pobres y blandos cerebros pudiesen procesar la información que los ojos se negaban a transmitir... El cuerpo de cada persona que lo contemplaba reaccionaba como si él fuese una tortura. Era un impulso incontrolable. Él quería creer que no todos lo odiaban, pero... nadie podía estar a su lado sin que su cara se convirtiese en una parodia de sí misma. Nadie podía mirarlo sin componer la mueca. Apretó aún más los labios y aceleró el paso, deseando quedarse ciego el tiempo suficiente como para coger su comida de una máquina expendedora y marcharse de allí.
Había acelerado tanto que tuvo que agarrarse a la máquina al llegar para mantener el equilibrio. Cogió su cartera y hurgó en ella con dedos temblorosos. Tanto temblaba, que cuando fue a meter una de las monedas, ésta se cayó al suelo, produciendo un sonido tintineante que resonó como si estuvieran doblando campanas en la sala. Se agachó deprisa, sintiendo que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico. Tenía que terminarse ya... Que se terminara, por favor... La expendedora escupió con el mismo desagrado que el resto de la gente su sandwich, y él lo tomó con celeridad. Tenía que salir de allí cuanto antes... Debía abandonar la cafetería antes de que su hiperacelerado corazón se parase de lo rápido que le golpeaba en el pecho. Aún tenía corazón... Aún era humano... ¿Y por qué nadie podía verlo? Se dio la vuelta y echó a caminar lo más rápido que podía sin llegar a correr. Esas caras... Esos malditos ojos seguían mirándolo horrorizados... Dejó caer sus párpados. Sabía el camino hacia la salida: No tenía más que caminar en línea recta sin pararse, y en menos de diez pasos se daría con la puerta. Diez pasos... Diez eternos pasos... Dio uno, y no abrió los ojos. Dio el segundo, el tercero, cada vez más deprisa, todos igual de ciegos, ciegos y desaforados, impulsados por la angustia, que gritaba cada vez que la suela de su zapato se posaba sobre una nueva baldosa. Sólo dos más... Y el golpe imprevisto. Algo se había interpuesto en su camino antes de tiempo. ¿La puerta? No, la puerta no se habría chocado con él así... porque una puerta no podía chocarse con nadie. Sus reflexiones se cortaron cuando su cuerpo entró en contacto con el suelo frío. ¿Qué...? ¿Se había... caído? Sus párpados continuaban firmemente sellados, así que no podía estar seguro de nada.
-Perdona, ¿te importaría mirar por dónde caminas?
Una voz... Al fin alguien decía una palabra estando él presente. ¿A quién se referiría? Oh, cuánto le habría gustado abrir los ojos para enterarse... pero no podía. Era demasiado agradable la sensación de no ver la mueca a su alrededor.
-¡Eh, tú! ¿Me estás escuchando?
Se trataba de una voz poco armónica, tosca, con ciertas maneras que le hacían suponer que pertenecía a una mujer... Tampoco podía saberlo, pues nunca había hablado con ninguna.
-¡Y pasa de mí! Oye, que hablo contigo.
¡Qué voz tan poco elegante! Sin duda, la mujer que hablara con esa voz debía de ser ordinaria, brusca... y fea, horriblemente fea. Algo se encendió en su pecho y una sonrisa curvó sus labios. ¿A quién se estaría dirigiendo esa intrigante mujer que se atrevía a hablar incluso cuando él estaba delante?
-¡Que abras los ojos y me mires!
Dos toques en el hombro. ¿Alguien... acababa... de... tocarlo? Empezó a respirar agitadamente, a la vez que sus párpados empezaban a elevarse muy despacio. Todavía no podía creerlo... Ante él apareció la que posiblemente sería la mujer más fea del mundo. Lo miraba con una ceja alzada, en un gesto que no le favorecía en absoluto, desde el suelo frente a él. Era fea... feísima, el ser más feo que jamás habría podido imaginar.
-¿Qué te pasa, tío? ¿Eres narcoléptico?
¡Y sin embargo era tan hermosa! La mujer... No, la persona más hermosa que el hombre más bello del mundo había visto en toda su vida. La primera, la única que había sido capaz de mirarlo sin componer la mueca. Ahí la tenía, frente a él, hablándole...
-¿Y mudo?
¡Oh, cielos! ¡Estaba dirigiéndose a él! ¿Qué debía decir? ¿Cómo sonaría su voz en una conversación distinta de todas las demás con una persona también distinta de todas las demás? Sólo pudo negar con la cabeza.
-No -articuló un momento más tarde.
¡Pero qué voz tan bella la suya! Sólo dos letras habían conseguido que la mueca a su alrededor se agudizase de manera dolorosa, pero él ya no veía nada que no fuera la mujer que tenía delante. La llama de su pecho brilló con fuerza.
-¿Podrías hacerme un favor y mirar por dónde caminas la próxima vez? -su tono se había suavizado, y lo miraba entre sorprendida y divertida.
Se apresuró a asentir repetidas veces. Ella se puso en pie con agilidad y le tendió la mano, pues él ni siquiera había hecho el intento de moverse. Al tomarla, la juguetona llama se convirtió en llamarada, y prendió fuego a la mitad de su cuerpo. Qué mano tan cálida tenía esa joven de edad indefinida que se mantenía de pie a su lado...
-Bueno...
Ella, sin soltar la mano de él, parecía incómoda. No, incómoda no era la palabra... Turbada, quizás. Sus mejillas se colorearon.
-Tengo que irme a comer, o se me hará tarde y tendré que volver al trabajo con el estómago vacío.
Nada, daba igual lo que dijera. Nada podría convencer al hombre más bello del mundo de que la soltase. Ningún argumento era lo suficientemente bueno.
-¿Quién eres? -preguntó con su voz musical pasados unos segundos.
-Helena. Trabajo en Contabilidad. ¿Y tú?
Hubo una ligera pausa.
-Un hombre sin nombre.
Y aumentó la presión con la que sujetaba la fea mano de la fea joven. Ella abrió los ojos sorprendida, a la vez que aumentaba su rubor. Bajó la mirada un momento y se fijó en que él seguía llevando su sandwich en la mano.
-¿Quieres que comamos juntos?
Una sonrisa resplandeciente curvó los perfectos labios de él.
-Por favor.
Y se dirigieron a una mesa vacía, ignorando por primera vez todas las caras deformadas que los observaban desde sus sitios. Empezaron a hablar... y hablaron olvidados del mundo durante horas, hasta que las luces apagándose les indicaron que el edificio iba a cerrar. Ambos se miraron un momento, bajando después la mirada a sus platos intactos. No habían probado bocado. El hambre no había tenido cabida en el tiempo que habían pasado juntos. Se levantaron y salieron, mirándose el uno al otro con una sonrisa. La cafetería se quedó vacía.

D. Valmont

sábado, 3 de marzo de 2012

La visión esperpéntica es la correcta

"Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato. 
[...] 
Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. 
[...] 
España es una deformación grotesca de la civilización europea. 
[...] 
Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas. 
[...] 
Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España."

Valle... Siempre Valle... Pocas veces en mi vida he leído una definición más perfecta de lo que es España que la que uno de nuestros autores más carismáticos y extravagantes pone en su Luces de Bohemia en boca de su maravilloso Max Estrella.
El teatro es siempre un redescubrimiento: uno se redescubre a sí mismo y sus sentimientos cuando observa en vilo cada cosa que ocurre a varios metros de él sobre el escenario; uno redescubre qué cosas lo conmueven todavía, cuáles lo invitan a risa, qué apela y despierta su espíritu de cambio... Y el teatro de Valle-Inclán es una de las vías más aptas para llevar a cabo este redescubrimiento. Su esperpento es la clave: ¿cómo nos hemos atrevido a mirar la Historia y la realidad españolas desde un prisma objetivo y armónico, que sólo nos habría permitido observar apropiadamente una época clásica o un renacimiento italiano? ¿Por qué nadie se dio cuenta de que sólo se puede mirar España a través de un prisma deformado si queremos entenderla hasta Valle? El teatro valleinclaniano es un redescubrimiento del propio teatro... ¿Cómo no iba a serlo también de nosotros mismos, cuando no somos más que las viejas marionetas del guiñol medio derruido (que ni a mojiganga llegamos) que supone nuestro país en el gran teatro del mundo?

Luces de Bohemia, dirigida por Lluís Homar, actualmente representada en el María Guerrero.


D.Valmont

viernes, 24 de febrero de 2012

Cucarachas de metal
que marcháis todas a una,
que a empellones sudorosos
debéis mantener la ruta, 
ved el cuerpo que está en tierra
y os quitará toda duda:
si la vida lo es a veces,
la muerte es aún más dura.

D. Valmont

jueves, 23 de febrero de 2012

Profesores que inspiran

Al hablar de "profesores", nos estamos refiriendo a esas personas con las que compartimos gran parte de nuestros días durante nuestra etapa de estudiantes. Y todos ellos (o la mayor parte) nos han marcado por alguna razón. En algunos casos, esa marca es más profunda que en otros.


A veces, y en este caso no positivamente, te das de boca con ese profesor al que acabas apodando "el Malasombra". Su perfil es sencillo: te odian sin que venga a cuento. En la mayor parte de los casos, no hay motivo que justifique su actitud. Lo único que se trasluce de su trato es su antipatía hacia ti, sin que tú puedas explicarte por qué. Son esos profesores cerrados de mente para los que no eres lo suficientemente "brillante", aquéllos a los que su asignatura les parece la más importante, desdeñando la importancia de las demás. Critican a otros por no pensar como ellos. Su palabra es dogma. Tu labor: creértela.

A veces tienes la mala fortuna de tropezar con ese que es la personificación de la ineptitud. Es con esos profesores con los que te preguntas "¿De verdad el título no puede obtenerse en una tómbola?". No te enseñan nada. Y no sólo eso: si los escuchas, corres el riesgo de desaprender lo aprendido. Sus faltas gramaticales y su incultura son tales que no dejan de asombrarte ni aun cuando ya te has librado de ellos y tienes en mente evitar cualquier tipo de encuentro con ellos en el porvenir. Dada su ineptitud, se ofuscan con facilidad, y no aceptan preguntas tuyas, porque responderlas satisfactoriamente no está en su mano. Última misión: evitarlos a toda costa.


Pero a veces, pocas veces en comparación con lo anterior, nos encontramos con ese profesor al que le encanta su trabajo. Son esas personas que han nacido para enseñar. Viven la enseñanza, y son capaces de transmitir su pasión a quienes los escuchamos en muchas ocasiones obnubilados y conseguir que aprendamos lo que sea. Son esos profesores que logran el aprendizaje mientras dura la enseñanza, transformando el estudio pre-examinal en una lectura repasatoria. Con ellos no puedes sino disfrutar las clases.

A veces nos topamos con aquél al que podemos llamar sabio entre sabios. Es el profesor erudito, el profesor-fuente de conocimiento incomparable. Sus clases no son preparadas, sino espontáneas, pues apenas si consulta los viejos apuntes que lo acompaña desde hace, ¡oh, cielos!, largo tiempo. Son estos profesores aquéllos a cuyos pies te sentarías a oír lo que fuera que quisieran contarte, porque tienes la seguridad de que, sea lo que sea lo que vaya a salir por sus labios, vas a aprender.

A veces tenemos la suerte de dar con ese al que pones un mote cariñoso porque su adorabilidad alcanza cotas que difícilmente habías visto antes. Son esos profesores tímidos y agradables, que siempre tienen una palabra de aliento y siempre ven el lado positivo del trabajo de los demás. No critican duramente, sino entre velos, con cautela. Su arma es la motivación. Su objetivo: tú y tu aprendizaje, y la capacidad que tú tengas de desarrollar ese aprendizaje. Te ayudan a aprender por ti mismo y a descubrir tus capacidades.

A veces tus pasos te conducen a ese que tiene esa apariencia distante, pero que cuando lo conoces, alcanza la categoría de, como mínimo, "abrazable". Son esos profesores que te ustedean, que siempre son corteses pero también fríos. Esos a los que, de primeras, no les contarías un problema personal. En cambio, con el trato y el tiempo consigues verlos como las personas que son: no es necesaria una excesiva confianza, sino simple moderación y amabilidad, para que se muestren algo más abiertos contigo. Esa apertura te permite ver su cultura y su sensibilidad, y hasta qué punto puede afectarles lo que les sucede día a día con sus alumnos.

A veces el destino te lleva a ese profesor apasionado al que le encanta lo que enseña. Está en clara relación con el caso de "profesor nacido para la enseñanza", pero éste lleva el plus de que consigue sembrar en ti el gusanillo del saber. Cada palabra que dicen es un reflejo del mucho placer que tal o cual materia les produce, lo mucho que disfrutan lo que te están enseñando. Son esos profesores que viven sus materias con vehemente apasionamiento, y logran transmitírtelo. Años después, sabes que tú eres igual a ellos.

Estos últimos cinco tipos confluyen en uno mismo: todos son esos profesores de los que te enamoras. Son profesores que te forman como persona, que te enseñan a ver algo más que letras en un papel. Te moldean. Te dan vida. Te insuflan tu espíritu, tu inteligencia, y te muestran cómo usarla. Te llevan de la mano por el camino del saber, y cuando se va acercando una bifurcación, te sueltan para que puedas elegir por ti mismo. Te han dado las herramientas, todo está en ti... Úsalo.

Han inspirado este breve ensayo los siguientes profesores: A.G., I.V., L.G., J.M.D.B., S.D., A.I., A.B., N.S., E.G.

D. Valmont

martes, 21 de febrero de 2012

El gemido de la tierra
rota a golpes de guadaña
a grandes voces se escapa...
¡Me duele España!


Sus hijos extraen de ella 
leche con mala saña,
obteniendo sangre blanca...
¡Me duele España!


De pústulas mentirosas
forma ríos la maraña
de fétida tinta negra...
¡Me duele España!


El Judas que ríe ante
la voz que del pueblo amaña,
pisa con pinchos la hierba...
¡Me duele España!


Y la veo desde aquí,
y el llanto mi vista empaña,
y mi corazón palpita...
¡Me duele España!

D. Valmont

sábado, 11 de febrero de 2012

Nueva versión de "La Infanticida"

Esto era un pobre lancero       casado con una dama.
La dama tenía un hijo        más hermoso que la plata.
    Mientras que el padre se iba,        la madre lo degollaba
    con un cuchillo de acero         que le traspasaba el alma.
Las asauras del niño           a los perros se la echaba;
los perros, como animales,    la olían y se marchaban.
La primera cucharada,           la carne del plato habla:
—No me comas padre mío,  que soy tu hijo del alma.
Al oír estas palabras,                    la dama se retiraba.
La cogió por la cintura,           la metió tres puñaladas,
la metió en un cajón                y la tiró por la ventana.
Las  campanas de la Gloria   al padre y al hijo llaman;
las campanas del Infierno           a la dama sólo llaman.

Como buena pidalgoyrista que es una, no podía desperdiciar esta oportunidad de compartir con vosotros este romance que recogí directamente de la tradición oral a través de mi tío F. Se trata de una versión bastante fragmentaria e incompleta del conocido romance vulgar llamado "La Infanticida", que cuenta cómo la esposa de un pobre hombre, celosa de su propio hijo, lo asesina cuando el padre está ausente y, a la vuelta, se lo da de comer en cachitos.
Puedo prometeros que, si estáis leyendo esto, sois los primeros en conocer esta versión, porque estaba inédita hasta ahora. Con lo que me gusta el Romancero, no podía dejar de hacer esta entrada, y así honrar de alguna manera el trabajo que durante toda su vida realizaron don Ramón Menéndez Pidal y doña María Goyri. Esta entrada va por ellos.

D. Valmont