sábado, 28 de enero de 2012

Cuando la belleza se hace lenguaje...

Debido a un trabajo para clase, me ha tocado desempolvar mis poco empolvados dos tomos de La Regenta, y, como si de un cartel luminoso se tratara, han aparecido ante mis ojos una serie de párrafos recuadrados, elegidos en su momento entre todo lo demás por parecerles a mis sentidos dotados de una belleza pocas veces leída. ¡Qué fuerza! ¡Qué rotundidad! Aun sin leer el contexto, el mero hecho de releerlos me ha puesto la carne de gallina una vez más; me ha devuelto a esa oscura y fangosa Vetusta por un instante, recordándome que incluso a través de unas páginas límpidas, sólo profanadas por la tinta de una imprenta, puede llegar a una persona el olor, ese hedor rancio que desprende cada callejuela de esa nada heroica ciudad, y que es tan denso que tapona las fosas nasales y marea la serenidad de la mente; he revivido lo que los sentimientos de Ana, Fermín y el resto de los personajes clamaban a voces mudas de pensamiento, sólo compartidos con el lector más íntimo y atento... ¡Oh, maldita sea! ¿He dicho ya que esta obra es maravillosa?
Para que entendáis lo que digo y no presupongáis un cierto tipo de locura en mí (que posiblemente lo haya), he querido escribir este post y añadir en él alguno de esos párrafos memorables.

«De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía fuego misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias íntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para él parecía rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un contorno todo lo que valía algo en la vida, el mundo entero, infinito, de la pasión única». (Narrador, ref. a de Pas)

«"Sí, sí... pero... esperaba... esperaría hasta morir... antes que perderla. Porque la quería entera... Es mi mujer... la mujer de mis entrañas... ¡Y quedaba allá atrás, ya lejos, perdida para siempre...!"». (Fermín de Pas)

«"Ubi irritatio ibi fluxus! -iba pensando-; es verdad, es verdad... he estado ciego... la mujer siempre es mujer, la más pura... es mujer... y yo fui un majadero desde el primer día... Y ahora es tarde... y la perdí por completo. Y ese infame..."». (Fermín de Pas)

«Iba ciego; le daba el corazón, que reventaba de celos, de cólera, que iba a sorprender a don Álvaro y a la Regenta en coloquio amoroso cuando menos». (Narrador, ref. a de Pas)

«Al fin vio entre las ramas la caseta rústica... Alguien se movía dentro... Corrió como un loco, sin saber lo que iba a hacer si encontraba allí lo que esperaba... dispuesto a matar si era preciso... ciego...». (Narrador, ref. a de Pas)

«-¡No están! -dijo el Magistral en la sospecha que podían despertar su aspecto, su conducta, su voz trémula, todo lo que delataba a voces su pasión, sus celos, su indignación de marido ultrajado absurda en él». (Narrador, ref. a de Pas)

«Ana se ruborizó. Todo aquello le repugnaba. "Aquel marido a quien ella había sacrificado lo mejor de la vida, no sólo era un maníaco, un hombre frío para ella, insustancial, sino que perseguía a las criadas de noche por los pasillos, las sorprendía en su cuarto, les veía las ligas...! ¡Qué asco! No eran celos, ¿cómo habían de ser celos? Era asco; y una especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a semejante hombre la vida. Sí, la vida, que era la juventud"». (Ana Ozores, la Regenta)

«Don Fermín, por mucho que disimulase, estaba enamorado como un loco de la Regenta, furioso de celos». (Petra)

«Su mujer, la Regenta, que era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, le había deshonrado, como otra mujer cualquiera, y él, que tenía sed de sangre, ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento; él, atado por los pies con un trapo ignominioso». (Fermín de Pas)

«"¿Y Ana? ¡Ana! Aquélla estaba allí, en casa, en el lecho; la tenía en sus manos, podía matarla, debía matarla. Ya que al otro le había perdonado la vida... por horas, nada más que por horas, ¿por qué no empezaba por ella? Sí, sí, ya iba, ya iba; estaba resuelto, era claro, había que matar, ¿quién lo dudaba? pero antes... antes quería meditar, necesitaba calcular... sí, las consecuencias del delito... porque al fin era delito... Ellos eran unos infames, habían engañado al esposo, al amigo... pero él iba a ser un asesino, digno de disculpa, todo lo que se quiera, pero asesino"». (Fermín de Pas)

«Mata el que se ciega, el que aborrece, él no estaba ciego, no aborrecía, estaba triste hasta la muerte, ahogándose entre lágrimas heladas; sentía la herida, comprendía todo lo ingrata que era ella, pero no la aborrecía, no quería, no podría matarla». (Narrador, ref. a Víctor Quintanar)

«"Sí, sí -decía-, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería para mí; quería, allá en el fondo de mis entrañas, sin saberlo, como respiro sin pensar en ello, quería poseerte, llegar a enseñarte que el amor, nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era mentira, cosa de niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único serio el quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo la máscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aquí donde no lo puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre, ¿no lo sabías? ¿por eso me engañaste? Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene miedo, sábelo, hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos frente a frente, escaparía de mí... Yo soy tu esposo; me lo has prometido de cien maneras; tu don Víctor no es nadie; mírale como no se queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma, que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te quiero como tu miserable vetustense y el aragonés no te pueden querer, ¿qué saben ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo...? Sí, tú las sabías también... y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por todos los labios que pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las heridas del estupro, por..."». (Fermín de Pas)

«A don Víctor se le saltaron las lágrimas al ver a su enemigo. En aquel instante hubiera gritado de buena gana: ¡perdono! ¡perdono...! [...] Quintanar no tenía miedo, pero desfallecía de tristeza». (Narrador, ref. a Víctor Quintanar)

Y mi favorita de entre todas ellas:

«Podía subir, entrar en su cuarto, y ahogarle allí... en la cama, entre las almohadas... Y era lo que debía hacer; si no lo hacía era un cobarde; temía a su madre, al mundo, a la justicia... Temía el escándalo, la novedad de ser un criminal descubierto; le sujetaba la inercia de la vida ordinaria, sin grandes aventuras... era un cobarde: un hombre de corazón subía, mataba. Y si el mundo, si los necios vetustenses, y su madre y el obispo y el papa, preguntaban ¿por qué?, él respondía a gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas, ¿que por qué mato? Porque me han robado a mi mujer, porque me ha engañado mi mujer, porque yo había respetado el cuerpo de esa infame para conservar su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el alma porque no le he tomado también el cuerpo... Los mato a los dos porque olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé que ubi irritatio ibi fluxus, olvidé ser con ella tan grosero como con otras, olvidé que su carne divina era carne humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la pega; la creí cuerpo santo y la podredumbre de su cuerpo me está envenenando el alma... Mato porque me engaño; porque sus ojos se clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de sus labios que también lo decían sonriendo; mato porque debo, mato porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy fiera...». (Fermín de Pas)

D. Valmont

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