viernes, 24 de febrero de 2012

Cucarachas de metal
que marcháis todas a una,
que a empellones sudorosos
debéis mantener la ruta, 
ved el cuerpo que está en tierra
y os quitará toda duda:
si la vida lo es a veces,
la muerte es aún más dura.

D. Valmont

jueves, 23 de febrero de 2012

Profesores que inspiran

Al hablar de "profesores", nos estamos refiriendo a esas personas con las que compartimos gran parte de nuestros días durante nuestra etapa de estudiantes. Y todos ellos (o la mayor parte) nos han marcado por alguna razón. En algunos casos, esa marca es más profunda que en otros.


A veces, y en este caso no positivamente, te das de boca con ese profesor al que acabas apodando "el Malasombra". Su perfil es sencillo: te odian sin que venga a cuento. En la mayor parte de los casos, no hay motivo que justifique su actitud. Lo único que se trasluce de su trato es su antipatía hacia ti, sin que tú puedas explicarte por qué. Son esos profesores cerrados de mente para los que no eres lo suficientemente "brillante", aquéllos a los que su asignatura les parece la más importante, desdeñando la importancia de las demás. Critican a otros por no pensar como ellos. Su palabra es dogma. Tu labor: creértela.

A veces tienes la mala fortuna de tropezar con ese que es la personificación de la ineptitud. Es con esos profesores con los que te preguntas "¿De verdad el título no puede obtenerse en una tómbola?". No te enseñan nada. Y no sólo eso: si los escuchas, corres el riesgo de desaprender lo aprendido. Sus faltas gramaticales y su incultura son tales que no dejan de asombrarte ni aun cuando ya te has librado de ellos y tienes en mente evitar cualquier tipo de encuentro con ellos en el porvenir. Dada su ineptitud, se ofuscan con facilidad, y no aceptan preguntas tuyas, porque responderlas satisfactoriamente no está en su mano. Última misión: evitarlos a toda costa.


Pero a veces, pocas veces en comparación con lo anterior, nos encontramos con ese profesor al que le encanta su trabajo. Son esas personas que han nacido para enseñar. Viven la enseñanza, y son capaces de transmitir su pasión a quienes los escuchamos en muchas ocasiones obnubilados y conseguir que aprendamos lo que sea. Son esos profesores que logran el aprendizaje mientras dura la enseñanza, transformando el estudio pre-examinal en una lectura repasatoria. Con ellos no puedes sino disfrutar las clases.

A veces nos topamos con aquél al que podemos llamar sabio entre sabios. Es el profesor erudito, el profesor-fuente de conocimiento incomparable. Sus clases no son preparadas, sino espontáneas, pues apenas si consulta los viejos apuntes que lo acompaña desde hace, ¡oh, cielos!, largo tiempo. Son estos profesores aquéllos a cuyos pies te sentarías a oír lo que fuera que quisieran contarte, porque tienes la seguridad de que, sea lo que sea lo que vaya a salir por sus labios, vas a aprender.

A veces tenemos la suerte de dar con ese al que pones un mote cariñoso porque su adorabilidad alcanza cotas que difícilmente habías visto antes. Son esos profesores tímidos y agradables, que siempre tienen una palabra de aliento y siempre ven el lado positivo del trabajo de los demás. No critican duramente, sino entre velos, con cautela. Su arma es la motivación. Su objetivo: tú y tu aprendizaje, y la capacidad que tú tengas de desarrollar ese aprendizaje. Te ayudan a aprender por ti mismo y a descubrir tus capacidades.

A veces tus pasos te conducen a ese que tiene esa apariencia distante, pero que cuando lo conoces, alcanza la categoría de, como mínimo, "abrazable". Son esos profesores que te ustedean, que siempre son corteses pero también fríos. Esos a los que, de primeras, no les contarías un problema personal. En cambio, con el trato y el tiempo consigues verlos como las personas que son: no es necesaria una excesiva confianza, sino simple moderación y amabilidad, para que se muestren algo más abiertos contigo. Esa apertura te permite ver su cultura y su sensibilidad, y hasta qué punto puede afectarles lo que les sucede día a día con sus alumnos.

A veces el destino te lleva a ese profesor apasionado al que le encanta lo que enseña. Está en clara relación con el caso de "profesor nacido para la enseñanza", pero éste lleva el plus de que consigue sembrar en ti el gusanillo del saber. Cada palabra que dicen es un reflejo del mucho placer que tal o cual materia les produce, lo mucho que disfrutan lo que te están enseñando. Son esos profesores que viven sus materias con vehemente apasionamiento, y logran transmitírtelo. Años después, sabes que tú eres igual a ellos.

Estos últimos cinco tipos confluyen en uno mismo: todos son esos profesores de los que te enamoras. Son profesores que te forman como persona, que te enseñan a ver algo más que letras en un papel. Te moldean. Te dan vida. Te insuflan tu espíritu, tu inteligencia, y te muestran cómo usarla. Te llevan de la mano por el camino del saber, y cuando se va acercando una bifurcación, te sueltan para que puedas elegir por ti mismo. Te han dado las herramientas, todo está en ti... Úsalo.

Han inspirado este breve ensayo los siguientes profesores: A.G., I.V., L.G., J.M.D.B., S.D., A.I., A.B., N.S., E.G.

D. Valmont

martes, 21 de febrero de 2012

El gemido de la tierra
rota a golpes de guadaña
a grandes voces se escapa...
¡Me duele España!


Sus hijos extraen de ella 
leche con mala saña,
obteniendo sangre blanca...
¡Me duele España!


De pústulas mentirosas
forma ríos la maraña
de fétida tinta negra...
¡Me duele España!


El Judas que ríe ante
la voz que del pueblo amaña,
pisa con pinchos la hierba...
¡Me duele España!


Y la veo desde aquí,
y el llanto mi vista empaña,
y mi corazón palpita...
¡Me duele España!

D. Valmont

sábado, 11 de febrero de 2012

Nueva versión de "La Infanticida"

Esto era un pobre lancero       casado con una dama.
La dama tenía un hijo        más hermoso que la plata.
    Mientras que el padre se iba,        la madre lo degollaba
    con un cuchillo de acero         que le traspasaba el alma.
Las asauras del niño           a los perros se la echaba;
los perros, como animales,    la olían y se marchaban.
La primera cucharada,           la carne del plato habla:
—No me comas padre mío,  que soy tu hijo del alma.
Al oír estas palabras,                    la dama se retiraba.
La cogió por la cintura,           la metió tres puñaladas,
la metió en un cajón                y la tiró por la ventana.
Las  campanas de la Gloria   al padre y al hijo llaman;
las campanas del Infierno           a la dama sólo llaman.

Como buena pidalgoyrista que es una, no podía desperdiciar esta oportunidad de compartir con vosotros este romance que recogí directamente de la tradición oral a través de mi tío F. Se trata de una versión bastante fragmentaria e incompleta del conocido romance vulgar llamado "La Infanticida", que cuenta cómo la esposa de un pobre hombre, celosa de su propio hijo, lo asesina cuando el padre está ausente y, a la vuelta, se lo da de comer en cachitos.
Puedo prometeros que, si estáis leyendo esto, sois los primeros en conocer esta versión, porque estaba inédita hasta ahora. Con lo que me gusta el Romancero, no podía dejar de hacer esta entrada, y así honrar de alguna manera el trabajo que durante toda su vida realizaron don Ramón Menéndez Pidal y doña María Goyri. Esta entrada va por ellos.

D. Valmont
No me había dado cuenta de cuán absurda era la conversación hasta que ella misma se encargó de demostrármelo. De repente, dejé de escucharla... Como si no existiera, como si no fuese más que el murmullo del viento deslizándose a ambos lados de mi cabeza. Porque él había aparecido. Él estaba allí, y tanta fuerza traía consigo que había conseguido parar el tiempo. ¿Qué decía mi interlocutor? Nada. ¿Qué importaba? ¿Quién era él si lo comparaba con quien se acercaba a nosotros sin prestarnos atención, sin darse cuenta de lo que provocaba a su alrededor? Me sentí turbada. ¿Y si alguien se daba cuenta...? No. Nadie se daría cuenta. Pero ni aun conociendo las posibilidades que había de que eso ocurriera, podía apartar mis ojos de él. Los suyos, enemigos, no se dignaron mirarme ni por un instante, negándome el hálito de vida que les estaba suplicando. ¡Oh, cuán cruel puede llegar a ser el amado! ¡Con qué indolencia puede pasar al lado de una sin permitir que sus lanceros descansen sus afiladas lanzas de hielo por un momento! Las torres de su indiferencia, adornadas por unas sencillas banderas verdes, se mantuvieron distantes, lejanas, frías, inmóviles... Y yo las veía alejarse sin mirar atrás, sin volverse ni una vez, mientras mis labios sonreían y mi cabeza trataba de descifrar lo que esa pesadilla de viento trataba de transmitirme. Ahora que me daba cuenta, era un viento con tres pequeños faunos que bailaban a su compás, lanzando preguntas, cazando respuestas con un dedo que sólo ellos entendían... Y él ya casi había desaparecido de mi vista, y yo, a pesar de sentir la muerte abrirse paso por mis entrañas, la muerte que arrasaba, que sólo permitía crecer en sus surcos las malas hierbas de la soledad y la angustia, a pesar de eso, no podía seguirlo más sin descubrir mi posición. Por un momento, la tentación de llamarlo. "¡Oh, amado mío, cuánto te he añorado! No vuelvas a marcharte, no te marches nunca, pues sólo viéndote avivas la llama de mi corazón y haces que mi mundo gire". Pero, ¿cómo iba a hacer eso? Allí, en esa Arcadia, estando rodeada de faunillos bailarines que escuchaban al viento, observada por pastores con la vena poética muerta y criaturas mitológicas de cualquier tipo... Allí, ¿cómo iba a llamarlo? ¿Por qué? Y mi estúpido corazón, con sus latidos desenfrenados, no tardó en recordarme que lo seguía queriendo. No había pensado que lo vería cuando decidí venir. Ni siquiera recordaba que él estuviera aquí, ambos, aspectos que yo tomaba positivamente como síntoma de que ya lo había olvidado. ¿Olvidar? Sí, lo había olvidado hasta que lo vi aparecer hace unos momentos. O, más bien, lo había relegado a un profundo rincón de mi mente, obligada por las circunstancias de mi alrededor que requerían una atención más inmediata. ¡Qué estupidez! ¿Qué he hecho todo este tiempo mirando a otros? ¿Qué? Mi corazón sigue latiendo por él... Sólo por él... Única y exclusivamente por él. Sí, ríete de mí, destino cruel, tú que nos hiciste estar tan cerca pero tan lejos el uno del otro... Si tuviera valor... Si tuviera valor, habría sacudido la cabeza a los lados para apartar al viento que seguía martirizándome y habría dado un paso hacia ti, uno sólo, antes de que desaparecieras por esa puerta. Pero no lo hice. Me quedé donde estaba, contestando mecánicamente a lo poco que entendía, sintiendo el corazón cercano a la garganta. El único hombre del que he estado enamorada en toda mi vida acababa de desaparecer una vez más. Y el mundo volvió a la normalidad. El viento cobró forma humana de nuevo, y conseguí prestarle la atención con la que lo escuchaba antes de que él apareciera. Él...

D. Valmont

lunes, 6 de febrero de 2012

Dio su luna de miel pie 
a encontrar la tradición
oral.
Padre de la Filología,
su nombre es Ramón Menéndez
Pidal.


D. Valmont

domingo, 5 de febrero de 2012

... que por otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura


¿Para qué engañarnos? Todos sabéis a quién se refiere el título de la entrada, y me extraña haber tardado tanto en hablar de él. ¿Por qué?, os preguntaréis... Pues porque Don Quijote de la Mancha es, sin género de dudas, la obra más maravillosa que he leído nunca. Los que hayáis tenido el gusto, supongo que me comprenderéis. El Quijote es una obra maestra, algo que no me podía ni imaginar (aunque algo intuía... llamadme "perspicaz") cuando me lo empecé hace apenas cuatro meses...

Ya sabía que entre el Quijote y yo había algo especial... Me lo decía el hecho de que me llevara gustando desde que tenía cinco años (sí, no habéis leído mal, he dicho cinco). ¿Qué era el Quijote para mí? Primero, era la historia de un hombre que se volvía loco de tanto leer. "¡Alguien podía volverse loco por leer!", pensaba mi fascinada Yo de aquellos tiernos años mientras pasaba con avidez las enormes páginas de mi edición infantil de la obra.


Al ir creciendo, pasó a ser la historia de un hombre que luchaba por la justicia y por el amor de su dulce Dulcinea. Un caballero valiente, que veía gigantes donde había molinos, y castillos donde había ventas, y que vivía sus visiones como si fueran la realidad.
Antes de leer la obra, fue la historia de un viejo caballero caduco que no sólo tenía que aguantar los embates de las gentes a quienes se enfrentaba, sino también los de las burlas del mundo entero, que eran las que más veces lograban tirarlo de su famélico Rocinante.
Ahora... Ahora es la historia de un loco maravilloso, o mejor dicho, un cuerdo maravilloso, el único de toda la novela, cuyo arrojo frente a sus temores, su fuerza pese a su vejez, su constancia a pesar de los palos, tanto físicos como emocionales, su ilusión frente a la desilusión del mundo, su fidelidad pese a la tentación, su rebosar de vida a las mismas puertas de la muerte ha sido capaz de devolverme, por ratos, la fe en la humanidad. Ya no es sólo la historia de un pobre viejo al que los libros de caballerías llenaron la cabeza de fantasías, sino de un personaje extraordinario al que respeto, admiro y quiero. Sí, quiero a don Quijote, lo quiero muchísimo. Y mientras he ido leyendo, me ha dolido cada palo, cada mala palabra, cada burla que ha tenido que sufrir durante su andadura. "¿Cómo es posible que alguien haya visto alguna vez esta obra como una simple parodia con la que reírse?", me preguntaba con asombro mientras pasaba las páginas. "¿Cómo es posible que alguien haya podido reírse de él alguna vez?". Mi dolor y mi indignación por el poco tacto de la gente, por la poca vista de aquéllos que sólo han visto en mi dulce caballero una broma andante de la que carcajearse mientras le tiraban tomates, iban aumentando según avanzaba la obra hasta llegar a momentos de verdadera y furibunda congoja que me hacían tener ganas de repartir sopapos a diestro y siniestro.
"¡Qué exageración!", diréis. Tal vez. Pero es la única forma en que sé vivirlo, en que sé vivir la literatura. Ya estaba implicada emocionalmente con don Quijote antes de leer la obra... ¿Cómo iba a evitar que, leyéndola, se convirtiera en una parte de mí?


Antes me he atrevido a llamarlo "obra maestra", olvidándome de la crítica o la opinión general, y basándome en mi simple experiencia personal... ¿Por qué esa denominación y no otra? Por todo. Así de primeras parece difícil de entender. ¿Cómo que por todo? Sí, por todo. Todo en el Quijote tiene algo de maravilloso y genial, cada capítulo, cada diálogo, cada escena... Es un mundo nunca literaturizado así antes. ¿Dónde radica su vigencia actual? ¿Por qué tanta importancia? Bien... En mi opinión, es importante, es clave, es fundamental porque Cervantes logra prosificar la esencia del ser humano, ese algo invariable a lo largo del tiempo, que vive los procesos históricos desde un inmovilismo digno del más valiente espartano... Ese algo que nos une como especie, y que nos diferencia de las demás. No es sólo el inicio de la novela moderna, no... Es el haber captado nuestro ser, con sus virtudes y flaquezas, con sus grandezas y sus miserias, desde una perspectiva globalizadora que, repito, no se había visto nunca.
Eso es lo que hace grande al Quijote. Por eso es por lo que (y ésta es una frase que me gusta repetir habitualmente porque... creo firmemente en su veracidad) es considerada la mejor obra de la literatura universal. No es sólo una obra... Es la humanidad plasmada en papel.

Para terminar este post, dos citas:
La primera de ellas, de don Miguel de Cervantes al final de la segunda parte.

"Para mí sola [habla la pluma de Cervantes] nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio.
[...]
[Habla Cervantes] No ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale."

La segunda me la dijo mi amiga M. cuando le comenté lo hecha polvo que estaba por haberme acabado la obra.

"Pues me temo que ahora vas a pasar el resto de tu vida buscando la SEGUNDA mejor obra, porque no vas a encontrar nada mejor."

Cuatro meses después... creo que tiene razón.

D. Valmont

miércoles, 1 de febrero de 2012

Mirarte como se mira el alba
renacer noche tras noche en la ventana;
ella alumbrando mis días,
tú alumbrando mi alma.


D. Valmont