sábado, 11 de febrero de 2012

No me había dado cuenta de cuán absurda era la conversación hasta que ella misma se encargó de demostrármelo. De repente, dejé de escucharla... Como si no existiera, como si no fuese más que el murmullo del viento deslizándose a ambos lados de mi cabeza. Porque él había aparecido. Él estaba allí, y tanta fuerza traía consigo que había conseguido parar el tiempo. ¿Qué decía mi interlocutor? Nada. ¿Qué importaba? ¿Quién era él si lo comparaba con quien se acercaba a nosotros sin prestarnos atención, sin darse cuenta de lo que provocaba a su alrededor? Me sentí turbada. ¿Y si alguien se daba cuenta...? No. Nadie se daría cuenta. Pero ni aun conociendo las posibilidades que había de que eso ocurriera, podía apartar mis ojos de él. Los suyos, enemigos, no se dignaron mirarme ni por un instante, negándome el hálito de vida que les estaba suplicando. ¡Oh, cuán cruel puede llegar a ser el amado! ¡Con qué indolencia puede pasar al lado de una sin permitir que sus lanceros descansen sus afiladas lanzas de hielo por un momento! Las torres de su indiferencia, adornadas por unas sencillas banderas verdes, se mantuvieron distantes, lejanas, frías, inmóviles... Y yo las veía alejarse sin mirar atrás, sin volverse ni una vez, mientras mis labios sonreían y mi cabeza trataba de descifrar lo que esa pesadilla de viento trataba de transmitirme. Ahora que me daba cuenta, era un viento con tres pequeños faunos que bailaban a su compás, lanzando preguntas, cazando respuestas con un dedo que sólo ellos entendían... Y él ya casi había desaparecido de mi vista, y yo, a pesar de sentir la muerte abrirse paso por mis entrañas, la muerte que arrasaba, que sólo permitía crecer en sus surcos las malas hierbas de la soledad y la angustia, a pesar de eso, no podía seguirlo más sin descubrir mi posición. Por un momento, la tentación de llamarlo. "¡Oh, amado mío, cuánto te he añorado! No vuelvas a marcharte, no te marches nunca, pues sólo viéndote avivas la llama de mi corazón y haces que mi mundo gire". Pero, ¿cómo iba a hacer eso? Allí, en esa Arcadia, estando rodeada de faunillos bailarines que escuchaban al viento, observada por pastores con la vena poética muerta y criaturas mitológicas de cualquier tipo... Allí, ¿cómo iba a llamarlo? ¿Por qué? Y mi estúpido corazón, con sus latidos desenfrenados, no tardó en recordarme que lo seguía queriendo. No había pensado que lo vería cuando decidí venir. Ni siquiera recordaba que él estuviera aquí, ambos, aspectos que yo tomaba positivamente como síntoma de que ya lo había olvidado. ¿Olvidar? Sí, lo había olvidado hasta que lo vi aparecer hace unos momentos. O, más bien, lo había relegado a un profundo rincón de mi mente, obligada por las circunstancias de mi alrededor que requerían una atención más inmediata. ¡Qué estupidez! ¿Qué he hecho todo este tiempo mirando a otros? ¿Qué? Mi corazón sigue latiendo por él... Sólo por él... Única y exclusivamente por él. Sí, ríete de mí, destino cruel, tú que nos hiciste estar tan cerca pero tan lejos el uno del otro... Si tuviera valor... Si tuviera valor, habría sacudido la cabeza a los lados para apartar al viento que seguía martirizándome y habría dado un paso hacia ti, uno sólo, antes de que desaparecieras por esa puerta. Pero no lo hice. Me quedé donde estaba, contestando mecánicamente a lo poco que entendía, sintiendo el corazón cercano a la garganta. El único hombre del que he estado enamorada en toda mi vida acababa de desaparecer una vez más. Y el mundo volvió a la normalidad. El viento cobró forma humana de nuevo, y conseguí prestarle la atención con la que lo escuchaba antes de que él apareciera. Él...

D. Valmont

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