domingo, 5 de febrero de 2012

... que por otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura


¿Para qué engañarnos? Todos sabéis a quién se refiere el título de la entrada, y me extraña haber tardado tanto en hablar de él. ¿Por qué?, os preguntaréis... Pues porque Don Quijote de la Mancha es, sin género de dudas, la obra más maravillosa que he leído nunca. Los que hayáis tenido el gusto, supongo que me comprenderéis. El Quijote es una obra maestra, algo que no me podía ni imaginar (aunque algo intuía... llamadme "perspicaz") cuando me lo empecé hace apenas cuatro meses...

Ya sabía que entre el Quijote y yo había algo especial... Me lo decía el hecho de que me llevara gustando desde que tenía cinco años (sí, no habéis leído mal, he dicho cinco). ¿Qué era el Quijote para mí? Primero, era la historia de un hombre que se volvía loco de tanto leer. "¡Alguien podía volverse loco por leer!", pensaba mi fascinada Yo de aquellos tiernos años mientras pasaba con avidez las enormes páginas de mi edición infantil de la obra.


Al ir creciendo, pasó a ser la historia de un hombre que luchaba por la justicia y por el amor de su dulce Dulcinea. Un caballero valiente, que veía gigantes donde había molinos, y castillos donde había ventas, y que vivía sus visiones como si fueran la realidad.
Antes de leer la obra, fue la historia de un viejo caballero caduco que no sólo tenía que aguantar los embates de las gentes a quienes se enfrentaba, sino también los de las burlas del mundo entero, que eran las que más veces lograban tirarlo de su famélico Rocinante.
Ahora... Ahora es la historia de un loco maravilloso, o mejor dicho, un cuerdo maravilloso, el único de toda la novela, cuyo arrojo frente a sus temores, su fuerza pese a su vejez, su constancia a pesar de los palos, tanto físicos como emocionales, su ilusión frente a la desilusión del mundo, su fidelidad pese a la tentación, su rebosar de vida a las mismas puertas de la muerte ha sido capaz de devolverme, por ratos, la fe en la humanidad. Ya no es sólo la historia de un pobre viejo al que los libros de caballerías llenaron la cabeza de fantasías, sino de un personaje extraordinario al que respeto, admiro y quiero. Sí, quiero a don Quijote, lo quiero muchísimo. Y mientras he ido leyendo, me ha dolido cada palo, cada mala palabra, cada burla que ha tenido que sufrir durante su andadura. "¿Cómo es posible que alguien haya visto alguna vez esta obra como una simple parodia con la que reírse?", me preguntaba con asombro mientras pasaba las páginas. "¿Cómo es posible que alguien haya podido reírse de él alguna vez?". Mi dolor y mi indignación por el poco tacto de la gente, por la poca vista de aquéllos que sólo han visto en mi dulce caballero una broma andante de la que carcajearse mientras le tiraban tomates, iban aumentando según avanzaba la obra hasta llegar a momentos de verdadera y furibunda congoja que me hacían tener ganas de repartir sopapos a diestro y siniestro.
"¡Qué exageración!", diréis. Tal vez. Pero es la única forma en que sé vivirlo, en que sé vivir la literatura. Ya estaba implicada emocionalmente con don Quijote antes de leer la obra... ¿Cómo iba a evitar que, leyéndola, se convirtiera en una parte de mí?


Antes me he atrevido a llamarlo "obra maestra", olvidándome de la crítica o la opinión general, y basándome en mi simple experiencia personal... ¿Por qué esa denominación y no otra? Por todo. Así de primeras parece difícil de entender. ¿Cómo que por todo? Sí, por todo. Todo en el Quijote tiene algo de maravilloso y genial, cada capítulo, cada diálogo, cada escena... Es un mundo nunca literaturizado así antes. ¿Dónde radica su vigencia actual? ¿Por qué tanta importancia? Bien... En mi opinión, es importante, es clave, es fundamental porque Cervantes logra prosificar la esencia del ser humano, ese algo invariable a lo largo del tiempo, que vive los procesos históricos desde un inmovilismo digno del más valiente espartano... Ese algo que nos une como especie, y que nos diferencia de las demás. No es sólo el inicio de la novela moderna, no... Es el haber captado nuestro ser, con sus virtudes y flaquezas, con sus grandezas y sus miserias, desde una perspectiva globalizadora que, repito, no se había visto nunca.
Eso es lo que hace grande al Quijote. Por eso es por lo que (y ésta es una frase que me gusta repetir habitualmente porque... creo firmemente en su veracidad) es considerada la mejor obra de la literatura universal. No es sólo una obra... Es la humanidad plasmada en papel.

Para terminar este post, dos citas:
La primera de ellas, de don Miguel de Cervantes al final de la segunda parte.

"Para mí sola [habla la pluma de Cervantes] nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio.
[...]
[Habla Cervantes] No ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale."

La segunda me la dijo mi amiga M. cuando le comenté lo hecha polvo que estaba por haberme acabado la obra.

"Pues me temo que ahora vas a pasar el resto de tu vida buscando la SEGUNDA mejor obra, porque no vas a encontrar nada mejor."

Cuatro meses después... creo que tiene razón.

D. Valmont

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