sábado, 31 de marzo de 2012

Día Mundial del Teatro


"I'm honored to have been asked by the International Theatre Institute ITI at UNESCO to give this greeting commemorating the 50th anniversary of World Theatre Day. I will address my brief remarks to my fellow theatre workers, peers and comrades.
May your work be compelling and original. May it be profound, touching, contemplative, and unique. May it help us to reflect on the question of what it means to be human, and may that reflection be blessed with heart, sincerity, candor, and grace. May you overcome adversity, censorship, poverty and nihilism, as many of you will most certainly be obliged to do. May you be blessed with the talent and rigor to teach us about the beating of the human heart in all its complexity, and the humility and curiosity to make it your life's work. And may the best of you - for it will only be the best of you, and even then only in the rarest and briefest moments - succeed in framing that most basic of questions, "how do we live?" Godspeed."
- John Malkovich



Sé que esta entrada llega con retraso. Perdonadme, pero he estado perdida entre tantas "huelgas generales" y "noches de Max Estrella que son gratis un martes a las 24:00". Sin embargo, tal celebración merecía una entrada propia, y aquí está. Con retraso, pero intacta.
"El Instituto Internacional del Teatro-ITI de la UNESCO me ha honrado con su petición de realizar este mensaje en la conmemoración del 50 aniversario del Día Mundial del Teatro. Voy a dirigir estas breves consideraciones a mis compañeros del teatro, mis pares y camaradas.
Que vuestro trabajo sea convincente y original. Que sea profundo, conmovedor, reflexivo y único. Que nos ayude a reflejar la cuestión de lo que significa ser humano y que dicho reflejo sea guiado por el corazón, la sinceridad, el candor y la gracia. Que superéis la adversidad, la censura, la pobreza y el nihilismo, algo a lo que, ciertamente, muchos de vosotros estaréis obligados a afrontar. Que seáis bendecidos con el talento y el rigor necesarios para enseñarnos cómo late el corazón humano en toda su complejidad, así como con la humildad y curiosidad necesarias para hacer de ello la obra de vuestra vida. Y que sea lo mejor de vosotros - ya que será lo mejor de vosotros, y aun así, se dará sólo en los momentos más singulares y breves - lo que consiga enmarcar esa que es la pregunta más básica de todas: “¿Cómo vivimos?” ¡Buena Suerte!"
¿Y qué mejor para empezar una entrada sobre el Día Mundial del Teatro que una cita de John Malkovich? ¿Algo mejor para semejante conmemoración que las palabras de un actorazo de los pies a la cabeza? ¡Ah, es cierto! Quizás... una foto de Valle-Inclán vistiendo bufanda blanca.


Padres e hijos de los escenarios, todos juntos para alzar una noche más la voz por la cultura libre. Una cultura a la que, dicho sea de paso, están atando y amordazando, y a la que no tardarán en apalear con los enormes palos de su enorme ignorancia aquellos a los que no interesa que la gente piense y se preocupe por algo más que las facturas, los niños o el partido de fútbol de ese fin de semana... 
Sin embargo, aquí estamos; aquí seguiremos los famélicos hijos de la cultura, los resuellos mortecinos de la intelectualidad de un país que se cae a pedazos, caminando con paso firme y constante, recogiendo los huesos rotos de nuestra patria malherida y tratando de soldarlos con páginas blancas y tiras de versos, esperando verla levantarse y mantenerse en pie una vez más...

D. Valmont

miércoles, 21 de marzo de 2012

Día Mundial de la Poesía

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta enmudeció la lira;
podrá no haber poetas, pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a do camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!


Sí, ya sé que este poema fue incluido en una entrada anterior, pero lo vuelvo a poner aquí porque, citando al gran D.B., me da la realísima gana. ¿Qué mejor que la rima IV de Bécquer para celebrar el Día Mundial de la Poesía?
Podrá no haber poetas, 
pero SIEMPRE habrá poesía.

Qué forma tan bella de hablar de una verdad incuestionable, ¿no os parece? La poesía como un ente con realidad separada de quien, soberbios, pensamos que le da la vida. 
Permitidme una divagación simple sobre el tema... La poesía es uno de los aspectos que más humanos nos hacen. Sí, sé que insisto bastante en lo de que "la literatura humaniza" ("Lo dice la de Letras", pensaréis), pero es que tengo pleno convencimiento de ello. La literatura, y la poesía como expresión sublime de ella, son elementos constitutivos del ser humano. La necesidad de crear mundos posibles a los que evadirse ha sido desde el principio una característica inherente a "ser hombre". Y si a eso sumamos la belleza, la sonoridad, la capacidad de evocación... obtenemos la Poesía. Y que seamos capaces de reconocer eso como especie me llena de una profunda alegría. Por eso...

¡Feliz Día Mundial de la Poesía a todos!

D. Valmont

martes, 20 de marzo de 2012

El café de las tertulias

A veces se hace raro hablar de literatura como concepto, en abstracción, y no tener en mente nada más que un papel escrito o varios nombres, en ocasiones asociados a una cara, en ocasiones a la portada de un libro, en ocasiones a una leyenda; y, sin embargo, no tener en mente los lugares en que esa literatura se ha hecho posible. 
Últimamente, entre bocanada y bocanada del oloroso humo espeso de mi nueva pipa, no puedo dejar de pensar en los lugares por donde tan magistralmente nos conduce el maestro Valle en su Luces de Bohemia, esos lugares mágicos por lo grotesco que se hacen reales tanto en la literatura como en un paseo por el Madrid más castizo y oscuro. La literatura se encuentra con la vida. La literatura es la vida, pero contada de otra manera.
Por eso, al hablar de estos lugares ligados tanto a la literatura como a sus autores, me parece obligado hablar de conocidísimo Café Gijón, que anda en la brecha estos días por cuestiones no extrañas en la realidad española, a saber, económicas.
Desde un principio aclarar que no puedo hablar de él como podrían hacerlo tantas y tan grandes figuras del panorama literario español, porque mi experiencia, huelga decirlo, no es tan vasta ni muchísimo menos, pero sí puedo hacerlo en un mismo nivel intelectual como amante de las letras y devota de la literatura que soy, al igual que han sido todos ellos.


No he pisado el café en cuestión más que una vez en mi vida, dada mi pobrísima (que ni a paupérrima llega) economía de estudiante de Letras. Curiosamente coincidió con la primera vez, tanto en esta ocasión como en general, que fui a ver Luces de Bohemia al teatro. Tener tan vivo el recuerdo de esa representación trae sistemáticamente a mi memoria esa tarde de espera en El Gijón. Como digo, no pasé allí más que un rato (ni media hora, me atrevería a precisar), pero fue suficiente para darme cuenta de por qué es un sitio tan especial para nuestro Madrid cultural e histórico. El olor a café recién hecho lo inundaba todo. Cuando entré, un diligente camarero me condujo, entre los murmullos que constituyen la melodía de fondo y que ambientan el lugar de modo único, a una mesa vacía. Bancos blandos, mesas de madera antiguas, y ese olor a café filtrándose por los poros de esa madera y de mi piel, convirtiéndose, sin darse cuenta, en uno de mis más vivos recuerdos. Mucha gente a mi alrededor. Conversaciones innúmero, risas leves que no llegaban a más de carcajadas quedas, siempre respetando el ambiente murmurante, llenando de vida el lugar pero sin romper su quietud. Observé con curiosidad las paredes forradas de madera e imágenes de gente a quien admirar, respirando el mismo espacio que ellos respiraron, escuchando hablar al tiempo por encima del murmullo. Café caliente y dos terrones, y nada más hacía falta. Bueno, tal vez un interlocutor con quien tertuliar sobre cualquier tema, de tantos de los que el lugar me inspiraba. Sin contertulio posible, seguí observando. El lugar estaba constituido por una barra y un espacio diáfano de mesas y sillas, pero tuve la impresión (verdadera, según he sabido después) de que existían líneas invisibles que separaban distintas secciones de tertulia, cada una independiente pero todas formando parte se ese espacio diáfano que os decía, haciendo del café un lugar de culto a las Humanidades al completo. Cómo negar que me sentía en mi salsa, y que me dolió tener que marcharme, pero quizá ese dolor se vio disimulado por los nervios que atenazaban mi estómago ante la experiencia esperpéntica que me esperaba en el María Guerrero. Sin embargo, ahí quedó el recuerdo, guardado y latente, un recuerdo que hago patente hoy ante la posibilidad de que ese café se cierre.
Con todo tipo de atropellos sucediéndose simultáneamente en todas las áreas (laborales e intelectuales) y regiones de nuestro país, me levanto desde aquí para protestar por éste en particular: ya le han quitado al  Gijón su quiosco... ¿Qué va a ser lo próximo? Si le quitamos su cultura a un país... ¿qué queda de ese país?

D. Valmont

martes, 13 de marzo de 2012

El susurro de los cipreses

"La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!"

El silencio... Al otro lado de la tapia, Madrid; a éste, sólo el silencio. No hablo del silencio de la soledad, ése que te persigue y te atormenta aunque te estés peleando con una multitud de amigos llenos de prisas semejantes a la tuya, no. Hablo de un silencio lleno, de la compañía silenciosa y reposada de los que ya descansan. Los motores, los gritos, el revuelo... todo queda fuera de ese lugar en el que se ha detenido el tiempo.
Hoy estoy visitando la tumba del Maestro. Es su cumpleaños. El sol brilla, latiendo al ritmo de mis pasos que hacen crujir el pavimento arenoso, que entrechocan sonoramente con el silencio que lo envuelve todo. Calor. Los pájaros revolotean por entre los altos cipreses, piando y trinando alegres por la llegada de la primavera. Ellos no rompen el silencio. Lo conocen demasiado bien como para hacerle ese feo. Sólo... lo acompañan juguetonamente, consiguiendo un aire místico en todo el lugar. Llego. Polvo y las primeras telarañas. La primavera trae también a esas silenciosas pero importunas inquilinas parientes de Aracne, a las que divierte tejer y tejer sin parar, crear decorados incluso para aquellos escenarios ya sin aliento. 
Paso mi mano por la piedra fría, polvorienta pero dura, muerta... Más muerta que lo que esconde en sus entrañas, más muerta porque nunca ha tenido vida. Paseo la mano de vuelta, arrastrando lo que queda de polvo y olvido. El tacto es frío; el regusto, amargo. 
Susurro unas pocas palabras, ni significativas ni trascendentes, que se pierden en el silencio. Incluso yo dejo de oírlas con rapidez. ¿Qué importa? Lo he dicho; él me ha oído. ¿Qué importa dónde estén ahora? Habrán ido al lugar a donde van todas las palabras dichas después de abandonar los labios de sus dueños, quizá volando, quizá de otra manera, pero allí han debido de ir...
Suspiro y miro a mi alrededor. Vuelvo mis ojos a la piedra, que me devuelve la mirada con sus ojos ciegos. La acaricio una vez más, la última... Y me despido. Echo a andar hacia la puerta. No miro atrás, pues todavía tengo esa maldita piedra grabada en la retina. Acelero el paso, sin querer pensarlo, pero... es que... si esa piedra supiera...
Abandono el lugar, y siento que debo darle la razón a Bécquer... ¡Qué solos se quedan los muertos! A mi espalda, sólo una inscripción:

Ramón Menéndez Pidal
13-III-1869     14-XI-1968
D.E.P.

Adiós, Maestro.

D. Valmont

lunes, 12 de marzo de 2012

El encanto de lo cotidiano

En ese poema a una patata frita, en aquellos versos que el ingenioso dedica a la mancha sobre la mesa o a la curva que se queda en la pajita tras beber... Pues yo, sinceramente, no lo veo. No veo que se escriba literatura sobre lo cotidiano, por mucho que desde el Romanticismo todo quepa en este saco multiforme que es el Arte. No, señor mío (o señora mía, que con lo encendidos que están últimamente los ánimos en cuanto a lo sexista del lenguaje, cualquiera abre la boca... o el boco), una patata frita no es objeto de la literatura. No poetice sobre ella. Ni sobre ella ni sobre su primo el palito de mozzarella... El objeto de la literatura, aunque feo (aceptamos lo feo), debe ser sublime de alguna forma. Por muy bien cortada/frita/amarilla que sea una patata, no tiene de sublime ni el nombre.
La literatura debe ser bella en alguna de sus formas... Sí, incluso hablando de lo feo puede ser bella, sorpréndanse ustedes. Si no lo fuera, no sería literatura. Si no hubiese algo que diferenciase a la literatura precisamente de lo cotidiano, no tendríamos literatura y el mundo sería mucho más triste.

Si cotidianizamos la literatura, perdemos la literatura.

Si perdemos la literatura, perdemos nuestra humanidad.

Si perdemos nuestra humanidad, nos convertimos en máquinas.

Y si nos convertimos en máquinas, estamos jodidos.

Perdonen la divagación, señores barra señoras, pero el encanto de una patata frita en un restaurante de comida rápida me han inspirado para ensayear un rato.

¡Oh, diosa de piel de oro,
que hasta aquel libro te cita!
Delicia de paladares,
señora patata frita.

D. Valmont

sábado, 10 de marzo de 2012

La mueca

El hombre más bello del mundo se miró al espejo e hizo uso de su memoria para tratar de componer la mueca. Nada, no le salió. Con mueca o sin ella, su cara seguía siendo imposiblemente hermosa. Suspiró derrotado. Ni siquiera con la mueca podía dejar de ser bello. Apoyó las pálidas y casi femeninas manos a ambos lados del límpido lavabo y su cabeza cayó con un suave balanceo que parecía querer negar la opinión universal. Estuvo así unos minutos que a él se le figuraron segundos hasta que volvió a subir la cabeza y observó su reflejo una vez más. Era tan bello... Quiso llorar. No lo hizo. Sabía perfectamente que su rostro adquiría matices celestiales cuando lo hacía, y prefería que no hubiese un espejo cerca en tal circunstancia.


Llegó tarde al trabajo esa mañana. Había buscado desde el trabajo más vulgar a aquel en que más fácilmente pudiera pasar desapercibido, y había acabado en un aburrido edificio gris de oficinas, recluido en un cubículo situado en el último rincón de la vigésimo séptima planta y apartado del mundo. Porque el mundo lo despreciaba, estaba seguro. Sólo así se explicaba... Dejó su bolsa sobre la silla polvorienta que había al otro lado de su escritorio. Él nunca recibía a nadie. Los jefes de su empresa sabían que cualquier negocio se frustraría de dejarlo en sus manos. La melancolía hizo brotar un suspiro de sus cincelados labios, firmemente apretados para contener la amargura que lo envolvía durante todo el día, cada día, a lo largo de toda la semana, todas las semanas del mes... siempre. Quiso evocar algún recuerdo feliz que lo ayudase a focalizar su atención en el trabajo que tenía delante, pero, como solía ocurrir cada vez que lo intentaba, no encontró ninguno. Sus padres, en cuanto supo andar y hablar correctamente, lo enviaron interno a un colegio en el extranjero. En él pasó buena parte de sus solitarias niñez y adolescencia, y cuando tuvo edad suficiente para ir a la universidad, recibió una llamada telefónica de su padre, que le decía que él y su madre se harían cargo de los gastos que su aprendizaje exigiera, pero que les resultaba imposible entregarle el dinero sino por transferencia bancaria. No habían ido a desearle suerte antes de su primer curso. Ni tampoco habían estado en su graduación. Es más, no había vuelto a verlos desde la primera vez que se despidió de ellos entre lágrimas infantiles. Para él, que nunca había entendido el porqué de su situación, esto la explicaba en esencia: si ni sus propios padres habían soportado tenerlo cerca, ¿qué podía esperar del resto del mundo a su alrededor?
Se pasó una mano por la cara con la intención de despejarse y su mirada se perdió en la bolsa arrugada que dejaba su huella sobre la silla por el simple hecho de estar ahí. Estuvo a punto de soltar un juramento, a la vez que los párpados se le abrían de más. ¡La comida! Con sus estúpidas reflexiones metafísicas se había olvidado la comida en casa. Su mano recorrió su rostro de nuevo, horadándolo con sus suaves yemas como muestra de la desesperación que lo recorría. La cafetería... Tendría que bajar a la cafetería. Para evitar encontrarse con nadie, él solía prepararse religiosamente su comida noche tras noche, la cual lo acompañaba en su paseo de incógnito desde casa a la oficina. Sin embargo, ese día se la había olvidado sobre la encimera. ¡Era imbécil! 
Se puso en pie y comenzó a pasearse. Pensó que podría ayunar, saltarse la comida y esperar a la cena. La idea lo tentó por un instante. Si lo hacía, no tendría que... Pero eso, ¿de qué serviría? Al final, tendría que salir de la oficina y enfrentarse al mundo. No se sentía bien obligando a sus compañeros de trabajo, muchos de los cuales ni siquiera lo habían visto antes, a tolerar su presencia en su lugar de asueto pasajero, pero menos lo atraía la idea de romper su cuidadosamente elaborada dieta. Bajaría, estaba decidido.
Cogió la cartera y salió del despacho, deseando retrasar el momento lo menos posible. Cuanto antes bajara, antes subiría. Usó las escaleras, poco o nada frecuentadas por los acomodados ejecutivos que allí trabajaban, a quienes resultaba mucho más cómodo pulsar un botón y que otro los subiera o bajara según su voluntad que pensar en emplear sus propias piernas. Dada la situación de su despacho, el número de plantas que tuvo que bajar fue innumerable, o al menos eso le pareció a él cuando perdió la cuenta alrededor de la duodécima.
Por fin llegó a su destino. Se paró frente a las puertas un momento, y cogiendo suavemente los pomos, las abrió lo más delicadamente que pudo. Pensó que nadie se percataría demasiado de su presencia si iba con cuidado, pero su aliento, escaso después de tantos escalones, lo delató. Antes de poder darse cuenta, toda la cafetería se había girado a mirarlo. Por un momento no ocurrió nada... no más que un simple intercambio de miradas entre la gente comiendo y el recién llegado. Pero él sabía que eso no duraría... Sus ilusiones de haberse vuelto normal de repente se habían frustrado numerosas veces antes, justo por lo mismo, por esos instantes de incertidumbre... Dio un valiente paso hacia delante. Pasaría... Era cuestión de momentos infinitesimales... La luz que entraba a raudales por las lenguas de vidrio que lamían la fachada del edificio de arriba abajo chocó bruscamente con su frente perlada de una fina capa de transpiración, haciendo relucir su cara como si estuviese reflejándose sobre una escultura de mármol pulido. Dio otro paso más. Entonces empezó a ocurrir. La gente... sus caras... La mueca, ahí estaba... Dio otro paso más, y aun otro, y otro... Podía ver los rostros de los trabajadores curvándose de manera grotesca al pasar junto a ellos, oía cómo cada pliegue de piel se contraía para expresar su aversión, cómo gemían los ojos para que se alejase de ellos porque simplemente no podían soportar mirarlo... Esa era su maldición: el mundo lo odiaba, sí... Lo odiaba por ser demasiado bello, demasiado bello para que sus pobres y blandos cerebros pudiesen procesar la información que los ojos se negaban a transmitir... El cuerpo de cada persona que lo contemplaba reaccionaba como si él fuese una tortura. Era un impulso incontrolable. Él quería creer que no todos lo odiaban, pero... nadie podía estar a su lado sin que su cara se convirtiese en una parodia de sí misma. Nadie podía mirarlo sin componer la mueca. Apretó aún más los labios y aceleró el paso, deseando quedarse ciego el tiempo suficiente como para coger su comida de una máquina expendedora y marcharse de allí.
Había acelerado tanto que tuvo que agarrarse a la máquina al llegar para mantener el equilibrio. Cogió su cartera y hurgó en ella con dedos temblorosos. Tanto temblaba, que cuando fue a meter una de las monedas, ésta se cayó al suelo, produciendo un sonido tintineante que resonó como si estuvieran doblando campanas en la sala. Se agachó deprisa, sintiendo que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico. Tenía que terminarse ya... Que se terminara, por favor... La expendedora escupió con el mismo desagrado que el resto de la gente su sandwich, y él lo tomó con celeridad. Tenía que salir de allí cuanto antes... Debía abandonar la cafetería antes de que su hiperacelerado corazón se parase de lo rápido que le golpeaba en el pecho. Aún tenía corazón... Aún era humano... ¿Y por qué nadie podía verlo? Se dio la vuelta y echó a caminar lo más rápido que podía sin llegar a correr. Esas caras... Esos malditos ojos seguían mirándolo horrorizados... Dejó caer sus párpados. Sabía el camino hacia la salida: No tenía más que caminar en línea recta sin pararse, y en menos de diez pasos se daría con la puerta. Diez pasos... Diez eternos pasos... Dio uno, y no abrió los ojos. Dio el segundo, el tercero, cada vez más deprisa, todos igual de ciegos, ciegos y desaforados, impulsados por la angustia, que gritaba cada vez que la suela de su zapato se posaba sobre una nueva baldosa. Sólo dos más... Y el golpe imprevisto. Algo se había interpuesto en su camino antes de tiempo. ¿La puerta? No, la puerta no se habría chocado con él así... porque una puerta no podía chocarse con nadie. Sus reflexiones se cortaron cuando su cuerpo entró en contacto con el suelo frío. ¿Qué...? ¿Se había... caído? Sus párpados continuaban firmemente sellados, así que no podía estar seguro de nada.
-Perdona, ¿te importaría mirar por dónde caminas?
Una voz... Al fin alguien decía una palabra estando él presente. ¿A quién se referiría? Oh, cuánto le habría gustado abrir los ojos para enterarse... pero no podía. Era demasiado agradable la sensación de no ver la mueca a su alrededor.
-¡Eh, tú! ¿Me estás escuchando?
Se trataba de una voz poco armónica, tosca, con ciertas maneras que le hacían suponer que pertenecía a una mujer... Tampoco podía saberlo, pues nunca había hablado con ninguna.
-¡Y pasa de mí! Oye, que hablo contigo.
¡Qué voz tan poco elegante! Sin duda, la mujer que hablara con esa voz debía de ser ordinaria, brusca... y fea, horriblemente fea. Algo se encendió en su pecho y una sonrisa curvó sus labios. ¿A quién se estaría dirigiendo esa intrigante mujer que se atrevía a hablar incluso cuando él estaba delante?
-¡Que abras los ojos y me mires!
Dos toques en el hombro. ¿Alguien... acababa... de... tocarlo? Empezó a respirar agitadamente, a la vez que sus párpados empezaban a elevarse muy despacio. Todavía no podía creerlo... Ante él apareció la que posiblemente sería la mujer más fea del mundo. Lo miraba con una ceja alzada, en un gesto que no le favorecía en absoluto, desde el suelo frente a él. Era fea... feísima, el ser más feo que jamás habría podido imaginar.
-¿Qué te pasa, tío? ¿Eres narcoléptico?
¡Y sin embargo era tan hermosa! La mujer... No, la persona más hermosa que el hombre más bello del mundo había visto en toda su vida. La primera, la única que había sido capaz de mirarlo sin componer la mueca. Ahí la tenía, frente a él, hablándole...
-¿Y mudo?
¡Oh, cielos! ¡Estaba dirigiéndose a él! ¿Qué debía decir? ¿Cómo sonaría su voz en una conversación distinta de todas las demás con una persona también distinta de todas las demás? Sólo pudo negar con la cabeza.
-No -articuló un momento más tarde.
¡Pero qué voz tan bella la suya! Sólo dos letras habían conseguido que la mueca a su alrededor se agudizase de manera dolorosa, pero él ya no veía nada que no fuera la mujer que tenía delante. La llama de su pecho brilló con fuerza.
-¿Podrías hacerme un favor y mirar por dónde caminas la próxima vez? -su tono se había suavizado, y lo miraba entre sorprendida y divertida.
Se apresuró a asentir repetidas veces. Ella se puso en pie con agilidad y le tendió la mano, pues él ni siquiera había hecho el intento de moverse. Al tomarla, la juguetona llama se convirtió en llamarada, y prendió fuego a la mitad de su cuerpo. Qué mano tan cálida tenía esa joven de edad indefinida que se mantenía de pie a su lado...
-Bueno...
Ella, sin soltar la mano de él, parecía incómoda. No, incómoda no era la palabra... Turbada, quizás. Sus mejillas se colorearon.
-Tengo que irme a comer, o se me hará tarde y tendré que volver al trabajo con el estómago vacío.
Nada, daba igual lo que dijera. Nada podría convencer al hombre más bello del mundo de que la soltase. Ningún argumento era lo suficientemente bueno.
-¿Quién eres? -preguntó con su voz musical pasados unos segundos.
-Helena. Trabajo en Contabilidad. ¿Y tú?
Hubo una ligera pausa.
-Un hombre sin nombre.
Y aumentó la presión con la que sujetaba la fea mano de la fea joven. Ella abrió los ojos sorprendida, a la vez que aumentaba su rubor. Bajó la mirada un momento y se fijó en que él seguía llevando su sandwich en la mano.
-¿Quieres que comamos juntos?
Una sonrisa resplandeciente curvó los perfectos labios de él.
-Por favor.
Y se dirigieron a una mesa vacía, ignorando por primera vez todas las caras deformadas que los observaban desde sus sitios. Empezaron a hablar... y hablaron olvidados del mundo durante horas, hasta que las luces apagándose les indicaron que el edificio iba a cerrar. Ambos se miraron un momento, bajando después la mirada a sus platos intactos. No habían probado bocado. El hambre no había tenido cabida en el tiempo que habían pasado juntos. Se levantaron y salieron, mirándose el uno al otro con una sonrisa. La cafetería se quedó vacía.

D. Valmont

sábado, 3 de marzo de 2012

La visión esperpéntica es la correcta

"Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato. 
[...] 
Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. 
[...] 
España es una deformación grotesca de la civilización europea. 
[...] 
Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas. 
[...] 
Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España."

Valle... Siempre Valle... Pocas veces en mi vida he leído una definición más perfecta de lo que es España que la que uno de nuestros autores más carismáticos y extravagantes pone en su Luces de Bohemia en boca de su maravilloso Max Estrella.
El teatro es siempre un redescubrimiento: uno se redescubre a sí mismo y sus sentimientos cuando observa en vilo cada cosa que ocurre a varios metros de él sobre el escenario; uno redescubre qué cosas lo conmueven todavía, cuáles lo invitan a risa, qué apela y despierta su espíritu de cambio... Y el teatro de Valle-Inclán es una de las vías más aptas para llevar a cabo este redescubrimiento. Su esperpento es la clave: ¿cómo nos hemos atrevido a mirar la Historia y la realidad españolas desde un prisma objetivo y armónico, que sólo nos habría permitido observar apropiadamente una época clásica o un renacimiento italiano? ¿Por qué nadie se dio cuenta de que sólo se puede mirar España a través de un prisma deformado si queremos entenderla hasta Valle? El teatro valleinclaniano es un redescubrimiento del propio teatro... ¿Cómo no iba a serlo también de nosotros mismos, cuando no somos más que las viejas marionetas del guiñol medio derruido (que ni a mojiganga llegamos) que supone nuestro país en el gran teatro del mundo?

Luces de Bohemia, dirigida por Lluís Homar, actualmente representada en el María Guerrero.


D.Valmont