martes, 20 de marzo de 2012

El café de las tertulias

A veces se hace raro hablar de literatura como concepto, en abstracción, y no tener en mente nada más que un papel escrito o varios nombres, en ocasiones asociados a una cara, en ocasiones a la portada de un libro, en ocasiones a una leyenda; y, sin embargo, no tener en mente los lugares en que esa literatura se ha hecho posible. 
Últimamente, entre bocanada y bocanada del oloroso humo espeso de mi nueva pipa, no puedo dejar de pensar en los lugares por donde tan magistralmente nos conduce el maestro Valle en su Luces de Bohemia, esos lugares mágicos por lo grotesco que se hacen reales tanto en la literatura como en un paseo por el Madrid más castizo y oscuro. La literatura se encuentra con la vida. La literatura es la vida, pero contada de otra manera.
Por eso, al hablar de estos lugares ligados tanto a la literatura como a sus autores, me parece obligado hablar de conocidísimo Café Gijón, que anda en la brecha estos días por cuestiones no extrañas en la realidad española, a saber, económicas.
Desde un principio aclarar que no puedo hablar de él como podrían hacerlo tantas y tan grandes figuras del panorama literario español, porque mi experiencia, huelga decirlo, no es tan vasta ni muchísimo menos, pero sí puedo hacerlo en un mismo nivel intelectual como amante de las letras y devota de la literatura que soy, al igual que han sido todos ellos.


No he pisado el café en cuestión más que una vez en mi vida, dada mi pobrísima (que ni a paupérrima llega) economía de estudiante de Letras. Curiosamente coincidió con la primera vez, tanto en esta ocasión como en general, que fui a ver Luces de Bohemia al teatro. Tener tan vivo el recuerdo de esa representación trae sistemáticamente a mi memoria esa tarde de espera en El Gijón. Como digo, no pasé allí más que un rato (ni media hora, me atrevería a precisar), pero fue suficiente para darme cuenta de por qué es un sitio tan especial para nuestro Madrid cultural e histórico. El olor a café recién hecho lo inundaba todo. Cuando entré, un diligente camarero me condujo, entre los murmullos que constituyen la melodía de fondo y que ambientan el lugar de modo único, a una mesa vacía. Bancos blandos, mesas de madera antiguas, y ese olor a café filtrándose por los poros de esa madera y de mi piel, convirtiéndose, sin darse cuenta, en uno de mis más vivos recuerdos. Mucha gente a mi alrededor. Conversaciones innúmero, risas leves que no llegaban a más de carcajadas quedas, siempre respetando el ambiente murmurante, llenando de vida el lugar pero sin romper su quietud. Observé con curiosidad las paredes forradas de madera e imágenes de gente a quien admirar, respirando el mismo espacio que ellos respiraron, escuchando hablar al tiempo por encima del murmullo. Café caliente y dos terrones, y nada más hacía falta. Bueno, tal vez un interlocutor con quien tertuliar sobre cualquier tema, de tantos de los que el lugar me inspiraba. Sin contertulio posible, seguí observando. El lugar estaba constituido por una barra y un espacio diáfano de mesas y sillas, pero tuve la impresión (verdadera, según he sabido después) de que existían líneas invisibles que separaban distintas secciones de tertulia, cada una independiente pero todas formando parte se ese espacio diáfano que os decía, haciendo del café un lugar de culto a las Humanidades al completo. Cómo negar que me sentía en mi salsa, y que me dolió tener que marcharme, pero quizá ese dolor se vio disimulado por los nervios que atenazaban mi estómago ante la experiencia esperpéntica que me esperaba en el María Guerrero. Sin embargo, ahí quedó el recuerdo, guardado y latente, un recuerdo que hago patente hoy ante la posibilidad de que ese café se cierre.
Con todo tipo de atropellos sucediéndose simultáneamente en todas las áreas (laborales e intelectuales) y regiones de nuestro país, me levanto desde aquí para protestar por éste en particular: ya le han quitado al  Gijón su quiosco... ¿Qué va a ser lo próximo? Si le quitamos su cultura a un país... ¿qué queda de ese país?

D. Valmont

1 comentario:

  1. Estuve en el Gijón con mi hermana la primera vez ue pisamos Madrid, y ciertamente lo recuerdo como un lugar con mucho encanto, casi diría que con magia. Es una lástima, sin embargo, que la memoria más viva que tengo de la experiencia sea el amago de síncope que me dio cuando me dieron la cuenta. Menos mal que sólo tomamos un par de cañas...
    MARÍA S.

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