lunes, 12 de marzo de 2012

El encanto de lo cotidiano

En ese poema a una patata frita, en aquellos versos que el ingenioso dedica a la mancha sobre la mesa o a la curva que se queda en la pajita tras beber... Pues yo, sinceramente, no lo veo. No veo que se escriba literatura sobre lo cotidiano, por mucho que desde el Romanticismo todo quepa en este saco multiforme que es el Arte. No, señor mío (o señora mía, que con lo encendidos que están últimamente los ánimos en cuanto a lo sexista del lenguaje, cualquiera abre la boca... o el boco), una patata frita no es objeto de la literatura. No poetice sobre ella. Ni sobre ella ni sobre su primo el palito de mozzarella... El objeto de la literatura, aunque feo (aceptamos lo feo), debe ser sublime de alguna forma. Por muy bien cortada/frita/amarilla que sea una patata, no tiene de sublime ni el nombre.
La literatura debe ser bella en alguna de sus formas... Sí, incluso hablando de lo feo puede ser bella, sorpréndanse ustedes. Si no lo fuera, no sería literatura. Si no hubiese algo que diferenciase a la literatura precisamente de lo cotidiano, no tendríamos literatura y el mundo sería mucho más triste.

Si cotidianizamos la literatura, perdemos la literatura.

Si perdemos la literatura, perdemos nuestra humanidad.

Si perdemos nuestra humanidad, nos convertimos en máquinas.

Y si nos convertimos en máquinas, estamos jodidos.

Perdonen la divagación, señores barra señoras, pero el encanto de una patata frita en un restaurante de comida rápida me han inspirado para ensayear un rato.

¡Oh, diosa de piel de oro,
que hasta aquel libro te cita!
Delicia de paladares,
señora patata frita.

D. Valmont

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