martes, 13 de marzo de 2012

El susurro de los cipreses

"La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!"

El silencio... Al otro lado de la tapia, Madrid; a éste, sólo el silencio. No hablo del silencio de la soledad, ése que te persigue y te atormenta aunque te estés peleando con una multitud de amigos llenos de prisas semejantes a la tuya, no. Hablo de un silencio lleno, de la compañía silenciosa y reposada de los que ya descansan. Los motores, los gritos, el revuelo... todo queda fuera de ese lugar en el que se ha detenido el tiempo.
Hoy estoy visitando la tumba del Maestro. Es su cumpleaños. El sol brilla, latiendo al ritmo de mis pasos que hacen crujir el pavimento arenoso, que entrechocan sonoramente con el silencio que lo envuelve todo. Calor. Los pájaros revolotean por entre los altos cipreses, piando y trinando alegres por la llegada de la primavera. Ellos no rompen el silencio. Lo conocen demasiado bien como para hacerle ese feo. Sólo... lo acompañan juguetonamente, consiguiendo un aire místico en todo el lugar. Llego. Polvo y las primeras telarañas. La primavera trae también a esas silenciosas pero importunas inquilinas parientes de Aracne, a las que divierte tejer y tejer sin parar, crear decorados incluso para aquellos escenarios ya sin aliento. 
Paso mi mano por la piedra fría, polvorienta pero dura, muerta... Más muerta que lo que esconde en sus entrañas, más muerta porque nunca ha tenido vida. Paseo la mano de vuelta, arrastrando lo que queda de polvo y olvido. El tacto es frío; el regusto, amargo. 
Susurro unas pocas palabras, ni significativas ni trascendentes, que se pierden en el silencio. Incluso yo dejo de oírlas con rapidez. ¿Qué importa? Lo he dicho; él me ha oído. ¿Qué importa dónde estén ahora? Habrán ido al lugar a donde van todas las palabras dichas después de abandonar los labios de sus dueños, quizá volando, quizá de otra manera, pero allí han debido de ir...
Suspiro y miro a mi alrededor. Vuelvo mis ojos a la piedra, que me devuelve la mirada con sus ojos ciegos. La acaricio una vez más, la última... Y me despido. Echo a andar hacia la puerta. No miro atrás, pues todavía tengo esa maldita piedra grabada en la retina. Acelero el paso, sin querer pensarlo, pero... es que... si esa piedra supiera...
Abandono el lugar, y siento que debo darle la razón a Bécquer... ¡Qué solos se quedan los muertos! A mi espalda, sólo una inscripción:

Ramón Menéndez Pidal
13-III-1869     14-XI-1968
D.E.P.

Adiós, Maestro.

D. Valmont

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