sábado, 10 de marzo de 2012

La mueca

El hombre más bello del mundo se miró al espejo e hizo uso de su memoria para tratar de componer la mueca. Nada, no le salió. Con mueca o sin ella, su cara seguía siendo imposiblemente hermosa. Suspiró derrotado. Ni siquiera con la mueca podía dejar de ser bello. Apoyó las pálidas y casi femeninas manos a ambos lados del límpido lavabo y su cabeza cayó con un suave balanceo que parecía querer negar la opinión universal. Estuvo así unos minutos que a él se le figuraron segundos hasta que volvió a subir la cabeza y observó su reflejo una vez más. Era tan bello... Quiso llorar. No lo hizo. Sabía perfectamente que su rostro adquiría matices celestiales cuando lo hacía, y prefería que no hubiese un espejo cerca en tal circunstancia.


Llegó tarde al trabajo esa mañana. Había buscado desde el trabajo más vulgar a aquel en que más fácilmente pudiera pasar desapercibido, y había acabado en un aburrido edificio gris de oficinas, recluido en un cubículo situado en el último rincón de la vigésimo séptima planta y apartado del mundo. Porque el mundo lo despreciaba, estaba seguro. Sólo así se explicaba... Dejó su bolsa sobre la silla polvorienta que había al otro lado de su escritorio. Él nunca recibía a nadie. Los jefes de su empresa sabían que cualquier negocio se frustraría de dejarlo en sus manos. La melancolía hizo brotar un suspiro de sus cincelados labios, firmemente apretados para contener la amargura que lo envolvía durante todo el día, cada día, a lo largo de toda la semana, todas las semanas del mes... siempre. Quiso evocar algún recuerdo feliz que lo ayudase a focalizar su atención en el trabajo que tenía delante, pero, como solía ocurrir cada vez que lo intentaba, no encontró ninguno. Sus padres, en cuanto supo andar y hablar correctamente, lo enviaron interno a un colegio en el extranjero. En él pasó buena parte de sus solitarias niñez y adolescencia, y cuando tuvo edad suficiente para ir a la universidad, recibió una llamada telefónica de su padre, que le decía que él y su madre se harían cargo de los gastos que su aprendizaje exigiera, pero que les resultaba imposible entregarle el dinero sino por transferencia bancaria. No habían ido a desearle suerte antes de su primer curso. Ni tampoco habían estado en su graduación. Es más, no había vuelto a verlos desde la primera vez que se despidió de ellos entre lágrimas infantiles. Para él, que nunca había entendido el porqué de su situación, esto la explicaba en esencia: si ni sus propios padres habían soportado tenerlo cerca, ¿qué podía esperar del resto del mundo a su alrededor?
Se pasó una mano por la cara con la intención de despejarse y su mirada se perdió en la bolsa arrugada que dejaba su huella sobre la silla por el simple hecho de estar ahí. Estuvo a punto de soltar un juramento, a la vez que los párpados se le abrían de más. ¡La comida! Con sus estúpidas reflexiones metafísicas se había olvidado la comida en casa. Su mano recorrió su rostro de nuevo, horadándolo con sus suaves yemas como muestra de la desesperación que lo recorría. La cafetería... Tendría que bajar a la cafetería. Para evitar encontrarse con nadie, él solía prepararse religiosamente su comida noche tras noche, la cual lo acompañaba en su paseo de incógnito desde casa a la oficina. Sin embargo, ese día se la había olvidado sobre la encimera. ¡Era imbécil! 
Se puso en pie y comenzó a pasearse. Pensó que podría ayunar, saltarse la comida y esperar a la cena. La idea lo tentó por un instante. Si lo hacía, no tendría que... Pero eso, ¿de qué serviría? Al final, tendría que salir de la oficina y enfrentarse al mundo. No se sentía bien obligando a sus compañeros de trabajo, muchos de los cuales ni siquiera lo habían visto antes, a tolerar su presencia en su lugar de asueto pasajero, pero menos lo atraía la idea de romper su cuidadosamente elaborada dieta. Bajaría, estaba decidido.
Cogió la cartera y salió del despacho, deseando retrasar el momento lo menos posible. Cuanto antes bajara, antes subiría. Usó las escaleras, poco o nada frecuentadas por los acomodados ejecutivos que allí trabajaban, a quienes resultaba mucho más cómodo pulsar un botón y que otro los subiera o bajara según su voluntad que pensar en emplear sus propias piernas. Dada la situación de su despacho, el número de plantas que tuvo que bajar fue innumerable, o al menos eso le pareció a él cuando perdió la cuenta alrededor de la duodécima.
Por fin llegó a su destino. Se paró frente a las puertas un momento, y cogiendo suavemente los pomos, las abrió lo más delicadamente que pudo. Pensó que nadie se percataría demasiado de su presencia si iba con cuidado, pero su aliento, escaso después de tantos escalones, lo delató. Antes de poder darse cuenta, toda la cafetería se había girado a mirarlo. Por un momento no ocurrió nada... no más que un simple intercambio de miradas entre la gente comiendo y el recién llegado. Pero él sabía que eso no duraría... Sus ilusiones de haberse vuelto normal de repente se habían frustrado numerosas veces antes, justo por lo mismo, por esos instantes de incertidumbre... Dio un valiente paso hacia delante. Pasaría... Era cuestión de momentos infinitesimales... La luz que entraba a raudales por las lenguas de vidrio que lamían la fachada del edificio de arriba abajo chocó bruscamente con su frente perlada de una fina capa de transpiración, haciendo relucir su cara como si estuviese reflejándose sobre una escultura de mármol pulido. Dio otro paso más. Entonces empezó a ocurrir. La gente... sus caras... La mueca, ahí estaba... Dio otro paso más, y aun otro, y otro... Podía ver los rostros de los trabajadores curvándose de manera grotesca al pasar junto a ellos, oía cómo cada pliegue de piel se contraía para expresar su aversión, cómo gemían los ojos para que se alejase de ellos porque simplemente no podían soportar mirarlo... Esa era su maldición: el mundo lo odiaba, sí... Lo odiaba por ser demasiado bello, demasiado bello para que sus pobres y blandos cerebros pudiesen procesar la información que los ojos se negaban a transmitir... El cuerpo de cada persona que lo contemplaba reaccionaba como si él fuese una tortura. Era un impulso incontrolable. Él quería creer que no todos lo odiaban, pero... nadie podía estar a su lado sin que su cara se convirtiese en una parodia de sí misma. Nadie podía mirarlo sin componer la mueca. Apretó aún más los labios y aceleró el paso, deseando quedarse ciego el tiempo suficiente como para coger su comida de una máquina expendedora y marcharse de allí.
Había acelerado tanto que tuvo que agarrarse a la máquina al llegar para mantener el equilibrio. Cogió su cartera y hurgó en ella con dedos temblorosos. Tanto temblaba, que cuando fue a meter una de las monedas, ésta se cayó al suelo, produciendo un sonido tintineante que resonó como si estuvieran doblando campanas en la sala. Se agachó deprisa, sintiendo que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico. Tenía que terminarse ya... Que se terminara, por favor... La expendedora escupió con el mismo desagrado que el resto de la gente su sandwich, y él lo tomó con celeridad. Tenía que salir de allí cuanto antes... Debía abandonar la cafetería antes de que su hiperacelerado corazón se parase de lo rápido que le golpeaba en el pecho. Aún tenía corazón... Aún era humano... ¿Y por qué nadie podía verlo? Se dio la vuelta y echó a caminar lo más rápido que podía sin llegar a correr. Esas caras... Esos malditos ojos seguían mirándolo horrorizados... Dejó caer sus párpados. Sabía el camino hacia la salida: No tenía más que caminar en línea recta sin pararse, y en menos de diez pasos se daría con la puerta. Diez pasos... Diez eternos pasos... Dio uno, y no abrió los ojos. Dio el segundo, el tercero, cada vez más deprisa, todos igual de ciegos, ciegos y desaforados, impulsados por la angustia, que gritaba cada vez que la suela de su zapato se posaba sobre una nueva baldosa. Sólo dos más... Y el golpe imprevisto. Algo se había interpuesto en su camino antes de tiempo. ¿La puerta? No, la puerta no se habría chocado con él así... porque una puerta no podía chocarse con nadie. Sus reflexiones se cortaron cuando su cuerpo entró en contacto con el suelo frío. ¿Qué...? ¿Se había... caído? Sus párpados continuaban firmemente sellados, así que no podía estar seguro de nada.
-Perdona, ¿te importaría mirar por dónde caminas?
Una voz... Al fin alguien decía una palabra estando él presente. ¿A quién se referiría? Oh, cuánto le habría gustado abrir los ojos para enterarse... pero no podía. Era demasiado agradable la sensación de no ver la mueca a su alrededor.
-¡Eh, tú! ¿Me estás escuchando?
Se trataba de una voz poco armónica, tosca, con ciertas maneras que le hacían suponer que pertenecía a una mujer... Tampoco podía saberlo, pues nunca había hablado con ninguna.
-¡Y pasa de mí! Oye, que hablo contigo.
¡Qué voz tan poco elegante! Sin duda, la mujer que hablara con esa voz debía de ser ordinaria, brusca... y fea, horriblemente fea. Algo se encendió en su pecho y una sonrisa curvó sus labios. ¿A quién se estaría dirigiendo esa intrigante mujer que se atrevía a hablar incluso cuando él estaba delante?
-¡Que abras los ojos y me mires!
Dos toques en el hombro. ¿Alguien... acababa... de... tocarlo? Empezó a respirar agitadamente, a la vez que sus párpados empezaban a elevarse muy despacio. Todavía no podía creerlo... Ante él apareció la que posiblemente sería la mujer más fea del mundo. Lo miraba con una ceja alzada, en un gesto que no le favorecía en absoluto, desde el suelo frente a él. Era fea... feísima, el ser más feo que jamás habría podido imaginar.
-¿Qué te pasa, tío? ¿Eres narcoléptico?
¡Y sin embargo era tan hermosa! La mujer... No, la persona más hermosa que el hombre más bello del mundo había visto en toda su vida. La primera, la única que había sido capaz de mirarlo sin componer la mueca. Ahí la tenía, frente a él, hablándole...
-¿Y mudo?
¡Oh, cielos! ¡Estaba dirigiéndose a él! ¿Qué debía decir? ¿Cómo sonaría su voz en una conversación distinta de todas las demás con una persona también distinta de todas las demás? Sólo pudo negar con la cabeza.
-No -articuló un momento más tarde.
¡Pero qué voz tan bella la suya! Sólo dos letras habían conseguido que la mueca a su alrededor se agudizase de manera dolorosa, pero él ya no veía nada que no fuera la mujer que tenía delante. La llama de su pecho brilló con fuerza.
-¿Podrías hacerme un favor y mirar por dónde caminas la próxima vez? -su tono se había suavizado, y lo miraba entre sorprendida y divertida.
Se apresuró a asentir repetidas veces. Ella se puso en pie con agilidad y le tendió la mano, pues él ni siquiera había hecho el intento de moverse. Al tomarla, la juguetona llama se convirtió en llamarada, y prendió fuego a la mitad de su cuerpo. Qué mano tan cálida tenía esa joven de edad indefinida que se mantenía de pie a su lado...
-Bueno...
Ella, sin soltar la mano de él, parecía incómoda. No, incómoda no era la palabra... Turbada, quizás. Sus mejillas se colorearon.
-Tengo que irme a comer, o se me hará tarde y tendré que volver al trabajo con el estómago vacío.
Nada, daba igual lo que dijera. Nada podría convencer al hombre más bello del mundo de que la soltase. Ningún argumento era lo suficientemente bueno.
-¿Quién eres? -preguntó con su voz musical pasados unos segundos.
-Helena. Trabajo en Contabilidad. ¿Y tú?
Hubo una ligera pausa.
-Un hombre sin nombre.
Y aumentó la presión con la que sujetaba la fea mano de la fea joven. Ella abrió los ojos sorprendida, a la vez que aumentaba su rubor. Bajó la mirada un momento y se fijó en que él seguía llevando su sandwich en la mano.
-¿Quieres que comamos juntos?
Una sonrisa resplandeciente curvó los perfectos labios de él.
-Por favor.
Y se dirigieron a una mesa vacía, ignorando por primera vez todas las caras deformadas que los observaban desde sus sitios. Empezaron a hablar... y hablaron olvidados del mundo durante horas, hasta que las luces apagándose les indicaron que el edificio iba a cerrar. Ambos se miraron un momento, bajando después la mirada a sus platos intactos. No habían probado bocado. El hambre no había tenido cabida en el tiempo que habían pasado juntos. Se levantaron y salieron, mirándose el uno al otro con una sonrisa. La cafetería se quedó vacía.

D. Valmont

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