lunes, 30 de abril de 2012

El hombre del café

La tarde, fría para la época, se derretía sobre los cristales que se transparentaban ante tus ojos. Era el momento perfecto -lo sabías- para estar ahí: el olor a café y a tierra mojada danzaban juntos en esa atmósfera dulzona que flotaba en el local, y acariciaban con su baile de pluma tus fosas nasales. El monótono sonido de la cafetera gigantesca se vio interrumpido por el suave tintineo que el roce de la puerta producía en la campanilla colgante. Tú disfrutabas verdaderamente de ese ambiente tranquilo y bohemio que te permitía degustar tu café con auténtico paladeo, así que apenas prestaste atención al nuevo intruso, que atravesó la entrada y caminó presto hacia el mostrador, ocultándose de una mirada que no te habías dignado dirigirle. El café seguía formando olas en tu boca, movido por las potentes mareas que tu diosa Lengua generaba a placer. ¡Qué explosión de sabor la del café en sintonía con sus bajos fondos de chocolate blanco y sus nubes de nata! ¿Cómo era posible lograr tal profusión de gustos con el simple acariciar de tu boca? Agradecías mentalmente a tu taza el placer otorgado cuando el intruso pasó por delante de ti para ir a sentarse en el mullido sillón de enfrente, justo en la mesa de al lado. Su falta de interés por ti no te pasó desapercibida, como tampoco lo hizo el hecho de que él gozase de toda tu atención entonces. Lo observaste con disimulo, levantando ligeramente los ojos de tu libreta, y lo viste sumergido en un lago de concentración, dentro del mundo de su teléfono móvil. Una elegancia patente en el vestir se mantenía y expandía estando sentado. Nevado en su cumbre, una base marrón ascendía en un degradado granate, tocando de seriedad a quienes en Navidad habrían de ser los más festivos; y una sombra azul que se desmayaba, carente de función en esos momentos, sobre el brazo del sillón vecino. Unos grandes lentes cuadrados y unas pobladas cejas oscuras le daban aspecto de búho, de búho sabio, cabeza de todos los animales del bosque. 
Una vez fuera del agua, con movimientos lentos, acercó sus manos y destapó el vaso humeante posado sobre la superficie no demasiado brillante de la mesa. Un olor igual de aromático que el del café se alzó en el aire, alto en imponente, de tono verdoso, pelo largo y traje vaporoso, y empezó a bailar frente al poderoso negro de cabeza rapada, camisa blanca y pies descalzos que llevaba en sus brazos a la joven morena de largos cabellos húmedos. Hubo cambio de pareja por un instante, pero mi intruso amigo lo encerró de nuevo en su cárcel de cartón cuando echó una cantidad considerable de hielo a su infusión y puso la tapa. Intercambio de miradas, parpadeo lento e intenso, un apretón de manos, "Es un placer", "Encantado", y una situación que siguió desarrollándose con normalidad, como si nada de eso hubiera ocurrido. La máquina siguió haciendo café; la gente a vuestro alrededor continuó llenando el lugar de voces ambiente, sin prestaros atención; el tiempo continuó su rumbo, y tú con él. Te levantaste en un momento determinado, sabiendo que era tu turno: debías abandonar ya el local. La tarde continuaba derritiéndose sobre los cristales. El sol había huido, y tus ganas de salir con él. Una voz te detuvo cuando acababas de dar el primer paso hacia la puerta. "Hasta luego", dijo el intruso.
"Hasta luego", contestaste, y saliste del café con una sonrisa, con la máquina moledora de granos en plena ebullición.

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Inspirado en mi encuentro con J.J.M.

D. Valmont

lunes, 23 de abril de 2012

El paso de las hojas en el paseo bajo las hojas, a un ritmo lento, sereno... Los ojos refulgen como dulces palpitaciones con cada nueva palabra. Te paras. Pasas. Caminas. Pasas. Una princesa, un castillo, la ciudad asolada por el fuego dragón, el canto de una trompeta, un caballero varón. Pasas. ¡Nuestra es la victoria! ¡Y todo gracias al que, sin lugar a dudas, ha de ser el nuevo rey de nuestro magnífico reino! La princesa y él se miran por primera vez. Pasas. Pero ella tiene una reacción inesperada... ¡No está dispuesta a casarse con el caballero! Sorpresa en las caras ciudadanas como en la tuya, y una cabeza, la tuya, que niega instintivamente. ¡No es posible! ¡No, ella no está dispuesta a casarse! ¡NO! ¡Ella ama a otro! El rey la mira con sorpresa y enfado. Acompañas sus recriminaciones con tu mirada acusadora. ¿Cómo que no te vas a casar con el caballero? ¿Con él, a quien tanto debéis tú y tus súbditos? Ella se marcha llorando bajo una orden de encierro real. Pasas. Sensación de incomodidad. Lástima. ¡Pero no! ¡La princesa es una insensata! Ves al fondo del pasillo la puerta entreabierta. Te acercas con pasos quedos, lentamente, aguzando el oído... Alguien solloza al otro lado. Pasas. Es la princesa quien se lamenta con amargura apoyada en la ventana. No se percata de tu presencia, pero ni siquiera tú eres consciente de ella. Pena... la dura pena atenaza tu corazón. Te das cuenta de lo injustos que habéis sido su padre y tú con ella, y te sientes miserable. Tratando de consolarla, acaricias su piel blanca con las yemas de tus dedos, despacio... Un nombre escapa de entre sus labios, que ya no tienen fuerzas para contenerlo. "¡Braulio!". ¿Braulio? ¿Quién es Braulio? "Braulio, mi adorado amigo", sigue diciendo. ¿Amigo? Pasas a otra habitación, decidiendo que ya has invadido bastante la privacidad de la princesa. El rey y la reinan discuten. Demasiado calor en esa habitación. Pasas de largo. El caballero, huésped de honor -pero no familia- de los reyes, da vueltas y más vueltas en su alcoba. Casi te atropella. Te apartas rápidamente, pero le oyes murmurar algo. Un murmullo demasiado bajo para distinguir palabras concretas. Algo llama su atención fuera, y corre hacia la ventana. Tú, que ya estabas dispuesta a abandonarlo, lo sigues. Ahora tú también puedes oírlo... Es el lamento de la princesa... coreado por otra voz. ¿Quién ha de ser? "¡BRAULIO!" exclamas casi sin aliento y sin poder dar crédito. El caballero no te ha oído. Sus dientes chirrían con tal fuerza que no entiendes cómo es capaz de oír nada más. Sus anchos hombros ocupan todo el hueco de la ventana, así que tu visión se ve casi totalmente limitada. Pero algo grave ha tenido que pasar, porque acaba de darse la vuelta y te ha apartado de su camino de un empujón. Trastabillas unos cuantos pasos, y cuando te recuperas, lo ves cogiendo su espada. ¡No! ¿Qué estás haciendo? ¿Qué has visto? ¿Qué vas a hacer? Sin escuchar tus preguntas, abre la puerta y sale como un rayo de la habitación. Lo sigues presurosamente, por un lado anhelante de saber a qué se debe su iracunda reacción, por otro temerosa de lo que vaya a hacer. Pasáis juntos por los corredores vacíos, y sin aliento llegáis a la puerta, ahora cerrada, de la princesa. Los ojos del caballero brillan como lumbre, y la mano se ciñe sobre la empuñadura de su espada cual garra de azor sujetando a su presa. Sabes que está dispuesto a matar. ¿Pero a quién? ¿Por qué? ¿Y qué deberías hacer tú? ¡Que alguien avise al rey! ¡Van a matar a su hija! Cuando estás a punto de bajar las escaleras, el caballero derriba la puerta y te obliga a volver sobre tus pasos. "¡Detente!", gritas, sujetando su brazo con todas tus fuerzas. Él se libra de tu amarre fácilmente, como si apenas lo hubiese notado, e irrumpe como una fiera en la habitación. La rabia de sus ojos se torna desenfrenada al encontrar a sus pies, arrodillados el uno frente al otro, abrazándose... amándose... a la princesa y al joven que responde por Braulio, el único a quien ella realmente ama. "¡TÚ!", escupe el caballero, y alza su espada dispuesto a descargar el golpe, no sabes bien si sobre la princesa o su amante. Y el brazo empieza a bajar, y tú te llevas una mano a los labios instintivamente. ¡Los va a matar! Tropezón. Un mundo saltando de tus manos y desparramándose sobre el pavimento. ¡Mierda, justo en la mejor parte! Recoges tu libro del suelo y lo curas con primor. Miras a tu alrededor. Nadie, absolutamente nadie, parece interesado en ti, a pesar de ser la única persona que está siendo testigo de los más maravillosos acontecimientos jamás vistos ni oídos por el hombre. Pegas a tu pequeño amigo a tu pecho y sonríes para ti. ¿Y qué más da? Son ellos los que se lo están perdiendo. Las hojas dan sombra a las hojas. Abres el libro... los ojos, de nuevo. Y caminas. ¡Ah, sí! El caballero, la princesa y Braulio... Tus viejos amigos. Caminas. La última palabra había sido "espada", lo recuerdas bien. Terminas esa página y pasas.

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¡FELIZ DÍA DEL LIBRO A TODOS!