martes, 26 de junio de 2012

Pasé la mano ante mis ojos intentando correr el tupido velo de algodón con el que, coqueta, intentaba cubrirse esa noche la luna. La otra mano la imitó, abandonando su relajada posición sobre tu pecho caliente, tratando de dar la última caricia a lo que, desde el principio, me había parecido imposible... Por un lado, borrar la noche, desfigurar la luz de la luna. Por otro, grabarla tan a fuego en la yema de mis dedos que hasta el último mortal recordara su paso con sobrecogimiento.
La atmósfera de la habitación se hacía más densa de forma directamente proporcional al uso. Esa noche habíamos sido usados: el uno por el otro, de manera confusa...
Tú dormías. Esa luna picarona, sin llegar a esconderse del todo, parecía tentarme para que olvidase mi tonto empeño por borrarla y centrase la acción de mis manos en deleitarme en cada uno de tus poros, fundiéndolos en una sola piel que gritase, con la voz llena de saliva ardiente, "mío"... ¡Mío, mío, mío! 
Cada nueva caricia bañaba mis palmas en la humedad de tu piel... ¡Oh, cómo te había deseado apenas minutos antes! ¡Y yo era la artífice de ese sudor delicioso! Había conseguido hacerlo brotar de tu cuerpo en llamas simplemente incendiando mis manos, azuzando el fuego con cada nuevo roce de la pasión. Y ahora respirabas calmado en mis brazos, los párpados derrotados tras tan ardua batalla de miradas. Yo había ganado. Tú habías ganado. Nos ganábamos el uno al otro con cada nuevo beso.


D. Valmont

2 comentarios:

  1. Cómo saboreamos el éxtasis de la gloria después de una batalla carnal (pero, sobre todo, anímica)

    Parece como si nos fuéramos a derretir de placer, y todo empieza con un pequeño cosquilleo intestinal que se desliza a su antojo por nuestra sangre y nuestra piel, regenerando en círculos el sentido más puro de la VICTORIA.

    Despliega tus alas después de una nueva conquista y planea en parábolas alrededor de esa tierra prometida que desparrama leche y miel por las esquinas de tu boca.

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    1. ... y que acaricia tu nariz como si un pequeño puti hubiera pasado rozándola con sus alas de sueños por cumplir, disparándote más flechas, una y otra vez, sin parar, sin querer darse cuenta de que que estás envenenada por completo, de que ese olor que ahora te abraza te ha poseído en cuerpo y alma, y ya nunca vas a poder desprenderte de él.

      Y te llevas una mano al vientre desnudo para contener las mariposas que revolotean sin parar, chocando sus alas contra tus paredes, haciendo retumbar tu interior alimentando el volcán de tu corazón.

      Y con la otra mano te aferras al bien preciado, a tu trofeo, a tu amo y señor victorioso, que te domina con sólo respirar en tu oído, y te toca con su mirada como nadie lo había hecho nunca, y te hace retorcerte en tu sitio, siendo tú la que realmente tocas, porque sus pupilas son tan poderosas que trascienden la barrera de lo físico.

      Y el mundo está bien como está, porque él está en él. O quizás no existe, se paró hace milenios sin que fuerais conscientes y ahora permanecéis suspendidos en un limbo de nada, existiendo el uno porque el otro le da su existencia con la calidez de su aliento, tibios ambos, amantes inmortales... vivos.

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