domingo, 22 de julio de 2012

VI

Si en el sonido de unos pasos,
en una voz de pasillo abandonado,
en el reflejo de unos ojos que miran unos labios,
busco el calor de tus brazos,
¿por qué me sorprende encontrarte en mis sueños,
borroso, tibio, algodonado,
acariciando mi alma con tus dedos largos,
regalándole besos de mi cuello a un lado?

¿No será que en el silencio alejado
tú me llamas sin conciencia, mudo
a gritos, dormido, solo,
para que no te saque de mis pensamientos?
¿No será que quiere tu voz continuar siendo mi melodía,
la nana de mis sueños, que descansa dormida
conmigo en el atril de tus labios,
en aquella partitura de tus besos?


D. Valmont

sábado, 21 de julio de 2012

"Ainadamar", o una visión lorquiana de la muerte de Lorca

Como todos sabéis ya, me entusiasma el teatro. Casi tanto como me entusiasma la literatura en general. Planear ir a una obra convierte una tarde de hastío en una de fiesta, y más si, como en esta ocasión, se trata de una obra en la que Lorca, Nuria Espert y Teatro Real se juntan en una misma frase. No soy crítico teatral, ni crítico de nada a decir verdad, pero varios años de pulimento me han convertido en crítica CON lo que leo y con lo que veo, y es de ahí de donde van a salir mis opiniones acerca de esta, a priori gran obra, titulada Ainadamar.

Luces que se apagan, recolocaciones en las butacas de un patio que estaba lleno pero no del todo y contención de los últimos nervios, acompañantes hasta allí de mi persona al menos desde la tarde anterior, ante el inminente comienzo de la función. Aparición de doña Nuria Espert. Versos. Música. Palmas y campanas. ¡Ay, qué día tan triste en Granada! Margarita Xirgu -¡dos Margaritas Xirgu!- y Federico. Muecas. Coros. La Habana. Un beso. Varios besos. Alguien que se asoma a una ventana. Un profesor, un torero y Federico. Disparos. Llanto. Llanto, llanto y más llanto. Un fantasma. Más versos. Luces que se apagan. Aplausos. Luces que se encienden. Más aplausos.


Y, sin embargo, cierto sinsabor. Tal vez porque el artículo de Elvira Lindo ya me había predispuesto en cierta forma contra lo hecho en el Teatro Real. Tal vez porque mi forma de sentir a Lorca no es la misma que la que intentaban transmitir Golijov y Hwang a través de la bella expresión operística. Tal vez porque me desagrada enormemente esa forma de entender al poeta, de malentenderlo y profanarlo, dándole unos matices de chabacana superficialidad disfrazada de profundidad espiritual, y de supuesta popularidad predominante por encima de otras características igual de importantes, sofocando así su evidente genialidad poética. 
A mis ojos, ayer presentaron a un Lorca vacío: el collage de impresiones -a veces daba la sensación que de oídas- que había logrado Osvaldo se despegaba poco a poco ante mí como si lo hubieran pegado con saliva y no con cola de contacto. Me daba la impresión de que intentaban explicar a un hombre tan complejo como Federico SÓLO a partir de sus obras más tradicionales en su forma y contenido (Mariana Pineda o el Romancero Gitano). Quedarse únicamente con eso es, en mi opinión, matar a Lorca de una forma más atroz que la perpetrada en 1936. 


Tampoco entendí que hiciera que al poeta lo interpretase una mujer. Bueno, miento: puedo llegar a entenderlo, pero no quiero pensar que lo hayan hecho por su condición sexual, por ese tópico extendido de que el alma de Federido, transmutado en Yerma, era alma de mujer. No. Me niego. La de Federico era un alma genuinamente única, y verla de otro modo es apreciarla entre las sombras de la ignorancia y la ceguera voluntaria. ¿Es que Lorca no era hombre por amar a otros hombres? ¿Acaso no hay actores varones que hubieran podido interpretarlo con igual tino que la mezzosoprano Kelley O'Connor? 

La falta sustancial de argumento... Otro de los aspectos que me decepcionaron. Bien sé que se trataba de un drama lírico -o eso espero... De no ser así, vendría el verdadero problema-, pero el regodeo, a mi parecer innecesario, en la muerte de Lorca (ya no sólo en el mismo momento, que me pareció espectacular por los efectos sonoros y la música, sino en lo precedente) y en el llanto posterior, especialmente este último, se me hizo excesivo. La obra podría haberse cortado bastantes minutos antes.

Me maravilló, sin embargo, Nuria Espert, que con su voz rota por la vejez aún conseguía erizar los poros de mi piel mientras recitaba poemas del Diván de Tamarit y se paseaba por el escenario con lágrimas en los ojos y sonrisa de melancolía. Cierto es que no entendí muy bien su papel en la obra (¿una Margarita Xirgu anciana que recuerda?), y su presencia constante en el escenario, pero no voy a mentiros diciéndoos que no agradecí internamente que no se apartara de mis ojos, como un ángel de luz (ilusión probablemente motivada por su atuendo color blanco marfil) allí puesto para tratar de salvar a Federico una vez más de su inevitable destino. Estuvo soberbia.


También estoy obligada a mencionar la voz de Jessica Rivera, intérprete de la joven Margarita Xirgu, que consiguió emocionarme a lo largo de toda la obra cada vez que nos regalaba los oídos con una nueva canción (¡incluso tumbada!), y los movimientos hipnóticos del bailaor Marco Berrie, asesino imponente de este Lorca de ficción, increíble en su papel... Absolutamente hipnótico, repito. Creo que fue lo que más me gustó de todo el montaje, junto con la música. Menuda diferencia de tener una orquesta en directo a no tenerla...


Pero algo faltaba... Su voz. Su voz, que era lo que yo más ansiaba escuchar, sólo a veces rescatada por la de Nuria Espert, quedaba ahogada en una maraña de otras voces, muy bellas, sí, pero insuficientes para mi espíritu hambriento de poesía... Ayer fue la voz de Lorca lo único que no se escuchó en el teatro.


D. Valmont