viernes, 17 de agosto de 2012

Un amanecer nublado tras la gran noche de los tiempos

Qué difícil resulta en ocasiones volver a encontrar un buen libro, ¿verdad? Sí, de esos que añoras cuando una mañana, por la casualidad o las prisas, no te acuerdas de meterlo en el bolso y te ves obligada a marchar en soledad por las largas vías del transporte público. Esos libros son realmente escasos... Por eso, cuando encuentras uno, no puedes sino maravillarte de tu suerte y tratar de disfrutar aun más si cabe de él.

Uno de esos libros ha sido para mí La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina. Una recomendación (y un señorito de la Casa del Libro) lo trajeron a mis manos, y desde ese momento clave en que lo abrí for the first time empecé a formar parte integral de una historia que ya me era atractiva antes de pasar la primera página...
Vale, estamos en un lugar entre los Estados Unidos y España algunos meses después del estallido de la guerra civil. Un hombre en una estación, que se gira, que busca, que recuerda... mientras toquetea las pocas posesiones que lleva en los bolsillos y sujeta con la mano en tensión una pequeña maleta desgastada. Y un vaivén constante, que tiene más de balanceo de barco que de traqueteo de tren, que nos lleva del presente al pasado y del pasado al presente de manera brusca pero natural, convirtiendo los recuerdos del protagonista en nuestros propios recuerdos, mostrándonoslos como aquel diario encontrado por casualidad en un desván lleno de polvo, que nos descubre unos acontecimientos que sólo habíamos podido imaginar, y que ahora, por arte de magia, se han hecho reales ante nuestros ojos.
Poder pasear por el Madrid de la República -aún más, por la Ciudad Universitaria naciente, que da sus primeros pasos para convertirse en un lugar... que no es por el que camino yo hoy-, cruzarme con grandes nombres que sólo la voz del narrador ha conseguido despegar de los manuales y darles vida plena, aunque por un instante, durante ese último año antes del desastre, ha sido... Bien, podríamos decir que ha creado una situación ventana: es decir, he sido presa de la sensación de que, mientras iba leyendo, se abría un espacio fuera del tiempo en el que esa realidad que fue era real de nuevo.
Personajes redondos que ven desmoronarse una vida que pensaron que nunca se acabaría, que continuaría a ese ritmo monótono de quien vive arrastrado por el tiempo y la propia vida, dejados de la voluntad, vaporosos en tanto en cuanto vacíos del peso que da la lucha constante por una identidad en una marea de cuerpos grises sin cara ni nombre...
Y un amor. Un amor que para mí no adquiere forma hasta el final, hasta esa última conversación en aquella enorme casa perdida de los recuerdos de unas vidas que parecen ya ajenas a todo, incluso a la realidad. Dos seres destinados a estar juntos que se ven separados por las circunstancias después de haberse encontrado, que pelean contra sí mismos y contra el mundo que los mira con ojos acusadores por lo que están haciendo, y ese amor que crece a pesar de todo, incluso de la determinación. Un dramón, vamos.

También encuentro ya el estilo fundamental a la hora de enfrentarme a una novela, y una obra es buena si lo es su contenido, pero también su forma. Las frases del narrador de La noche de los tiempos se entrelazaban unas con otras de manera suave y perfecta, como recién engrasadas, y hacían fluir las páginas como si uno navegase en las aguas traslúcidas en que se pierde nuestra mirada cuando recordamos. El pasar de las hojas era más una caricia que un esfuerzo, y el olor que despertaban mis dedos en el papel, una evocación. A través de esa evocación era fácil entonces llegar a los demás olores, y después, a los colores, y caminar junto a los protagonistas por las calles de un Madrid que ya no puedo mirar con los mismos ojos, gracias a esa voz superior que mantenía el mundo real en un estado de latencia y me permitía durante unas horas trasladarme a otra época. La misma obra narrada de otra forma no habría sido en absoluto lo mismo, no habría tenido el mismo efecto sugestivo ni habría resultado tan atrayente desde un primer momento. El estilo del autor en esta obra, por tanto, merece un diez en negrita y rodeado.

La verdad es que es muy fácil conseguir que un libro enganche. ¿A qué debemos, si no, la profusión de best-sellers en las librerías? Lo difícil es lograrlo haciendo además literatura. Y el señor Muñoz Molina lo logra. Creo que sólo la prosa de Clarín había conseguido tenerme tan presa de una obra con tan poco diálogo (véase La Regenta), así que desde aquí felicito a don Antonio por ser el segundo en conseguirlo.

Sin embargo, a pesar de todo lo positivo que veo en él, no es un libro que recomendaría a todo el mundo. Precisamente porque sé cómo leía yo antes (en mi tierna adolescencia, cuando yo también era asidua de los best-sellers más punteros como Los pilares de la tierra o El código da Vinci), entiendo que una historia con esta profundidad, que trata temas en los que tienes que andar algo metido para comprenderlos en todas sus dimensiones y complejidades, puede no llegar a todos, y es una pena llevarse un mal sabor de boca por no haber sabido elegir bien la obra a la que íbamos a enfrentarnos.

Como conclusión quiero decir que La noche de los tiempos puede dejar una impresión profunda en el alma, pero sólo en la de aquellos que sepan cómo leerla... Una forma de mirar se convierte así, no en relevante, sino en prácticamente trascendental.

D. Valmont

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