jueves, 20 de diciembre de 2012

"XVII" o "Poema del fin del mundo"

Si hoy se acaba el mundo, quiero que sepas que te quiero.
Que el final de esta noche será como el de todas las noches,
un sueño de neblinas y cantos de sirena en el que te conviertes,
me convierto, nos convertimos, en el atardecer de los tiempos.

Si hoy se acaba el mundo, volaré los párpados
y habitaré el cielo, flaqueando entre alas
de color mariposa y subyugando el hierro
con un lambetazo palpitante de arena,
de rabia, negra y púrpura, y de viento.

Si hoy se acaba el mundo, reiré,
y levantaré un hediondo trueno
de hojas amarillas, de espeso
humo de café negro, de turbias
rocas en verde encallecidas,
en pálida copa de grisáceo vino.

Si hoy se acaba el mundo,
nada más que nada acabará.
Tú seguirás existiendo,
inmortal al hambre
de los turbios espejos,
al latir del vacío
de nuestros ombligos.

Si hoy se acaba el mundo...

Si hoy se acaba...

Si hoy...

Si...

Sí.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Una fantasma

Yo sé quién soy...”, ese grito heroico, no ya solo en la noción de identidad, en la noción de saber quién uno es, sino en la convicción de ser capaz de ser quien uno quiera ser. Y no lo grito yo; lo grita Don Quijote de la Mancha, voz de autoridad por estas tierras, aun hechas sus palabras líquido y sus labios, papel. Pero podría haberlo dicho yo, o tú, o aquél, o cualquiera... Qué duda cabe entonces de que “la vida es literatura” es la continuación natural de “la literatura es vida”.
Al salir del teatro esta pasada noche, he decidido dar un paseo. La ciudad cambiaba su peso de un pie a otro pie mientras tarareaba distraída alguna melodía navideña, actitud más que propia en esta época del año... E, igual que la vida, la literatura palpitaba en cada lugar donde mis ojos se posaban. Ya antes de entrar me había parecido ver la sonrisa del viejo Cheshire acechándome desde una de las puertas, e incluso habría jurado que intercambiamos unas palabras cargadas de dobleces, pero he dejado de estar segura... ¿A quién le importaba Cheshire cuando dentro me esperaba el más valiente caballero que jamás conocieron las historias de la andante caballería? Los ágiles movimientos, las suaves palabras como hebras de pelo plateado y la voz volcánica... explosiva... ¡feroz!... ronroneante... cálida... viva e inmortal, me ficcionalizaron a su antojo, hicieron de mi vida una intrahistoria literaria que observaba, y se maravillaba, y se reía, y se compungía, y se emocionaba. ¿Podía pedir más? ¿Acaso sería posible alcanzar estos niveles de fusión cuando abandonara mi butaca y saliese a la nocturnidad de la calle? Como ya he dicho, sí lo era; todo palpitaba inflamado en literatura.
De un Maestro que con las golondrinas estará sobrevolando las tierras de España, del mundo, de todos los mundos,  he pasado a saludar a otro Maestro, a quien los dioses del Parnaso como el dios suyo habrán coronado, con tal emoción, que casi no podía llevar a buen término ningún otro pensamiento.
He oído a unos niños reírse en el Callejón del Gato, trasteando frente al espejo cóncavo, ignorantes los cuatro de cuán importantes son esos pedazos que les deformaban las caras. Nadie los miraba; solo yo. Tal vez, si acaso, Max Estrella y don Latino parados en una esquina.
He llegado a la calle arenosa con la nariz a punto de nieve, y frente a la parroquia de San Ginés, allá donde el polvo de una placa enamorada nos recuerda que sus aguas mojaron la inocente testa de nuestro poeta más malandrín, un perrazo callejero me ha mirado con la luna reflejada en sus pupilas, ha olisqueado los bajos de un árbol y ha continuado su camino.
Y todo esto en la más completa y absoluta soledad. Yo no veía a nadie mientras caminaba, o veía a todo el mundo, como si mirara a través de un aleph, y nadie me veía a mí. Todo era bullicio, vida, a mi alrededor, pero yo no participaba de ello... Solo observaba. Discurría por entre ríos de gente sin mojarme un ápice del abrigo, ensordecida por el bramar de la multitud, de sus conversaciones a medias, pero llevada de una inercia que me movía a seguir tolerando ese rumor agresivo, a entrar en comunión con él y escucharlo, o escuchar más allá, al menos.
No podría haber sido de otra manera... Nada de esto habría tenido sentido, o habría sido más que más de lo mismo si no me hubiera rodeado la soledad. He estado sola... Sola, como un fantasma. Todo para comprobar que literatura y vida son hermanas, viven la una en la otra y reafirman su ser siendo parte de algo que está vivo por ellas.

*   *   *

—¡Yo sé quién soy! —exclamó la Literatura.
¡Yo sé quién soy! —exclamó la Vida.

Y ambas se dieron la mano y echaron a caminar en esa gélida noche de diciembre, resumen de todas las demás noches, copia especular de dos espejos que se reflejan a sí mismos si se miran el uno al otro, cóncavos y convexos, espesos como la lágrima a través de la cual un enamorado trovador deforma el mundo que mira y que lo mira...

Vida y literatura,
literatura y vida.

martes, 4 de diciembre de 2012

"Martes Áureos". Así se llama esta nueva iniciativa creada para asegurarme de llevar a cabo la lectura de un corpus aceptable de obras del Teatro Español de los Siglos de Oro. Con dicho fin, he establecido una lista de lecturas, resultante del cotejo de distintas listas sugeridas y del consenso con mi amiga J. y con mi propia conciencia, y que abarca desde hoy, día 04 de diciembre, hasta el 22 de enero, en un total de ocho martes en los que deberé dar cuenta de hasta nueve obras dramáticas. Un proyecto nada desdeñable, como puede apreciarse...

A continuación daré comienzo a la lista, y cada martes la actualizaré añadiendo la siguiente obra a leer. El último martes realizaré la actualización final, apuntando mis conclusiones y confesando si he superado o no el reto en su totalidad. 

Wish me luck!

Martes 04 de diciembre del 2012

VICENTE, Gil: Tragicomedia de Don Duardos. 















Martes 11 de diciembre del 2012

ROJAS, Agustín de: El viaje entretenido















Martes 18 de diciembre del 2012 

CERVANTES, Miguel: Numancia













Martes 25 de diciembre del 2012

LOPE DE VEGA, Félix: Arte nuevo de hacer comedias | La dama boba














Martes 1 de enero del 2013

RUIZ DE ALARCÓN, Juan: La verdad sospechosa














Martes 8 de enero del 2013

CERVANTES, Miguel de: Entremeses


Martes 15 de enero del 2013

LOPE DE VEGA, Félix: El castigo sin venganza. 

Martes 22 de enero del 2013

MORETO, Agustín: El lindo don Diego. 


CONCLUSIÓN
Soy una mentirosa en potencia y en acto, lo sé, y me disculpo por ello. Pero sabed que he tenido una semana a.s.q.u.e.r.o.s.a. de exámenes que ha convertido en imposible mi propósito de concluir brevemente este apartado, y darlo así por finalizado. Voy a dejar de quejarme en este punto y a meterme en el meollo del asunto, que para eso he entrado al blog.

Montar el asunto de los Martes Áureos ha sido probablemente una de las mejores ideas que he tenido en este cuatrimestre. No sólo me ha servido para entrar en contacto directo con el teatro del Siglo de Oro, tan querido para mí, sino para poder decir que he disfrutado leyendo algo en un cuatrimestre donde uno se ahogaba entre tantas páginas. Ha sido un placer verdadero, en el que el mayor descubrimiento ha sido, sin duda alguna, la genialidad de Calderón. Sí, ya sé que no está en esta lista, pero también me he visto obligada (al principio, por las circunstancias; después por mi propio deseo) a leerlo este cuatrimestre. Tres obras: La vida es sueño, El alcalde de Zalamea y El gran teatro del mundo. Inmensas cada una en su estilo, denotando siempre el poder de una mente extraordinaria, son el reflejo de un todo que apabulla y seduce al que se atreve a acercarse. Por eso, Calderón ha pasado a ser para mí el símbolo del Barroco (y adoro a Lope y adoro a Cervantes, ¡ojo!).
De las obras elegidas propiamente para los Martes Áureos, me quedo con El castigo sin venganza, del siempre gigantesco Lope. Obra compleja que funciona como un mecanismo de relojería suizo, con un final que te deja temblando por lo brutal. ¿Cómo no elegirla con versos como estos?

Pues, señora, yo he llegado,
perdido a Dios el temor,
y al Duque, a tan triste estado,
que este mi imposible amor
me tiene desesperado.
En fin, señora, me veo
sin mí, sin vos y sin Dios:
sin Dios, por lo que os deseo;
sin mí, porque estoy sin vos;
sin vos, porque no os poseo.

En casos como éste, las demás palabras sobran.

D. Valmont