jueves, 6 de diciembre de 2012

Una fantasma

Yo sé quién soy...”, ese grito heroico, no ya solo en la noción de identidad, en la noción de saber quién uno es, sino en la convicción de ser capaz de ser quien uno quiera ser. Y no lo grito yo; lo grita Don Quijote de la Mancha, voz de autoridad por estas tierras, aun hechas sus palabras líquido y sus labios, papel. Pero podría haberlo dicho yo, o tú, o aquél, o cualquiera... Qué duda cabe entonces de que “la vida es literatura” es la continuación natural de “la literatura es vida”.
Al salir del teatro esta pasada noche, he decidido dar un paseo. La ciudad cambiaba su peso de un pie a otro pie mientras tarareaba distraída alguna melodía navideña, actitud más que propia en esta época del año... E, igual que la vida, la literatura palpitaba en cada lugar donde mis ojos se posaban. Ya antes de entrar me había parecido ver la sonrisa del viejo Cheshire acechándome desde una de las puertas, e incluso habría jurado que intercambiamos unas palabras cargadas de dobleces, pero he dejado de estar segura... ¿A quién le importaba Cheshire cuando dentro me esperaba el más valiente caballero que jamás conocieron las historias de la andante caballería? Los ágiles movimientos, las suaves palabras como hebras de pelo plateado y la voz volcánica... explosiva... ¡feroz!... ronroneante... cálida... viva e inmortal, me ficcionalizaron a su antojo, hicieron de mi vida una intrahistoria literaria que observaba, y se maravillaba, y se reía, y se compungía, y se emocionaba. ¿Podía pedir más? ¿Acaso sería posible alcanzar estos niveles de fusión cuando abandonara mi butaca y saliese a la nocturnidad de la calle? Como ya he dicho, sí lo era; todo palpitaba inflamado en literatura.
De un Maestro que con las golondrinas estará sobrevolando las tierras de España, del mundo, de todos los mundos,  he pasado a saludar a otro Maestro, a quien los dioses del Parnaso como el dios suyo habrán coronado, con tal emoción, que casi no podía llevar a buen término ningún otro pensamiento.
He oído a unos niños reírse en el Callejón del Gato, trasteando frente al espejo cóncavo, ignorantes los cuatro de cuán importantes son esos pedazos que les deformaban las caras. Nadie los miraba; solo yo. Tal vez, si acaso, Max Estrella y don Latino parados en una esquina.
He llegado a la calle arenosa con la nariz a punto de nieve, y frente a la parroquia de San Ginés, allá donde el polvo de una placa enamorada nos recuerda que sus aguas mojaron la inocente testa de nuestro poeta más malandrín, un perrazo callejero me ha mirado con la luna reflejada en sus pupilas, ha olisqueado los bajos de un árbol y ha continuado su camino.
Y todo esto en la más completa y absoluta soledad. Yo no veía a nadie mientras caminaba, o veía a todo el mundo, como si mirara a través de un aleph, y nadie me veía a mí. Todo era bullicio, vida, a mi alrededor, pero yo no participaba de ello... Solo observaba. Discurría por entre ríos de gente sin mojarme un ápice del abrigo, ensordecida por el bramar de la multitud, de sus conversaciones a medias, pero llevada de una inercia que me movía a seguir tolerando ese rumor agresivo, a entrar en comunión con él y escucharlo, o escuchar más allá, al menos.
No podría haber sido de otra manera... Nada de esto habría tenido sentido, o habría sido más que más de lo mismo si no me hubiera rodeado la soledad. He estado sola... Sola, como un fantasma. Todo para comprobar que literatura y vida son hermanas, viven la una en la otra y reafirman su ser siendo parte de algo que está vivo por ellas.

*   *   *

—¡Yo sé quién soy! —exclamó la Literatura.
¡Yo sé quién soy! —exclamó la Vida.

Y ambas se dieron la mano y echaron a caminar en esa gélida noche de diciembre, resumen de todas las demás noches, copia especular de dos espejos que se reflejan a sí mismos si se miran el uno al otro, cóncavos y convexos, espesos como la lágrima a través de la cual un enamorado trovador deforma el mundo que mira y que lo mira...

Vida y literatura,
literatura y vida.

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